lunes, 13 de abril de 2015

Eduardo Galeano 1940-2015

Lo saludé una mañana en Oaxaca, incrédulo yo de tanta suerte. Caminaba por una de esas calles coloniales de piedras verdes, cuando me lo topé de frente. Era él, claro. No podía ser otro, a pesar de su baja estatura (me lo imaginaba grande como un gringo). Le dije "Maestro, soy un admirador suyo". Creo que no se esperaba tanta efusividad. En realidad, quería pasar desapercibido en una ciudad donde es frecuente toparse con estrellas de Hollywood vacacionando. Estaba con su esposa. Siguieron caminando por la acera, detrás de ellos había una pareja de venezolanos que hablaban de Chávez en aquel entonces, 2004 tal vez. Después, desaparecimos para siempre. Sólo me lo encontraba en la prensa pronunciándose a favor de Bolivia y su mar o deshuesando con un análisis la opulencia bárbara y cínica. Lo dije una vez, fue el historiador latinoamericano que mejor comprendió la historia de Bolivia, su tragedia y sueños de libertad.
Me sentí muy agradecido con él cuando sacó la cara por Bolivia el año 2003 durante la Guerra del Gas. Para quienes apenas habían escuchado hablar de Bolivia en su vida sintetizó en una frase el drama quienes luchabn en las calles pedregosas de El Alto, el porqué se oponían a que el escandaloso negociado del gas rematara con una salida por territorio que alguna vez había sido boliviano: "sobre la herida, la sal". 

Cuando Goni Sánchez dió gritos de alarma y se echó cenizas sobre la cabeza compadeciéndose por el trágico camino que había escogido Bolivia al rebelarse, Galeano replicó: "el capitalismo se ve al espejo y grita de espanto".


Que en paz descanse y que de Dios goze, maestro. Gracias. (FFO)

 

“Oriol Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien.
Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.
Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”. -Eduardo Galeano, “El viaje”, Bocas del tiempo (Siglo XXI)

Tomado de palabrasaflordepiel: http://palabrasaflordepiel.com/2014/06/10/el-viaje-entre-dos-aleteos/

 

La muerte nunca mata del todo

Eduardo Galeano, una de las plumas más destacadas de la literatura latinoamericana murió hoy en su Montevideo natal. Amir Valle, escritor cubano, recuerda al gran Galeano.
Eduardo Galeano Eduardo Galeano
La muerte del escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de uno de los libros clásicos de las letras latinoamericanas: Las venas abiertas de América Latina, más que una muerte, parece una mala jugada tendida por alguno de esos muchos personajes siniestros que él caricaturizó en cualquiera de los tres tomos de ese otro clásico suyo: Memoria del fuego, sus agudas y poéticas viñetas sobre la realidad latinoamericana y universal.
A quienes lo conocieron les queda la sensación de que volverá a nacer en cualquier momento, como le sucediera al guerrillero salvadoreño Miguel Mármol en una de las historias más conocidas que este obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco devenido en escritor incluyera en el tercer tomo de Memoria del fuego: “El siglo del viento”, y seguro ahora mismo, allá en La Habana, en el D.F. mexicano, en alguna cantina de Montevideo, o en algún bar de Barcelona, Madrid o París, otros escritores lo rememoran contando su historia favorita: esos nacimientos que experimentó el salvadoreño Mármol tras sus muertes supuestas o inconclusas, pues quien estuvo aunque fuera una vez cerca de Galeano siempre se impactó por su vitalidad, su alegría, su irreverencia e, incluso a veces, su mal genio. ¿Cómo no esperar entonces que reaparezca, burlón, diciendo: “¡vaya tontos que se han creído ese chiste sobre mi muerte!”.
A pesar de sus posiciones claras de izquierda, Eduardo Galeano fue siempre un espíritu crítico. “La palabra política se ha manoseado tanto que significa todo y no significa nada. Entonces desconfío mucho de la etiqueta política”, dijo en cierta ocasión. Y siguiendo el cauce de esa mirada reflexiva que siempre tuvo hacia la realidad continental, y también hacia su propia contribución intelectual, entre los muchos polémicos momentos de su carrera como escritor el que más recientemente conmoviera al mundo fue precisamente su declaración sobre el libro que lo convirtió en un nombre imprescindible de las letras en lengua española con sólo 31 años de edad: Las venas abiertas de América Latina, una de las obras que los movimientos antimperialistas del mundo han tomado como referencia obligada para explicar la voracidad que se ha cebado contra las naciones latinoamericanas. “Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”, declaró al respecto. Y agregó: “No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.
Su amada Montevideo lo vio nacer el 3 de septiembre de 1940, y esa misma ciudad sería el escenario de sus primeros pasos en el mundo del periodismo y la literatura cuando a los 14 años comenzó a vender caricaturas políticas al semanario del Partido Socialista uruguayo El Sol, firmando como "Gius", su primer apellido.
Los cubanos lo recuerdan en la Casa de las Américas contando cómo, tiempo después, decidiría usar el apellido de su madre: Galeano, con el que se impuso en el mundo periodístico como Jefe de redacción del prestigioso semanario izquierdista uruguayo Marcha, o como director del diario Época, medios donde consolidó el ideario que lo llevaría a escribir con la mente puesta en develar las verdades que los colonialistas e imperialistas utilizaban para aplastar los sueños libertarios del continente. Lo recuerdan reviviendo cómo a partir de 1971 esa institución cubana le insufló el aire que necesitaba para escapar de la asfixia que provocara en él la censura contra su libro Las venas abiertas de América Latina.
Y cómo tras el golpe de Estado de 1973 que instauró la dictadura cívico militar de Juan María Bordaberry se radicó en Buenos Aires, donde continuaría su labor crítica en la revista Crisis, que tuvo que interrumpir por el golpe de Estado liderado por el general argentino Videla en 1976…, su llegada a España donde vivió exiliado hasta 1985, su regreso a su Uruguay natal, ya en democracia, donde fundaría el semanario Brecha y dio a la imprenta el que junto a El libro de los abrazos y Las venas… ha sido otro de sus fenómenos literarios más traducidos y de impacto en otras culturas: Memoria del fuego.
Y es que, aunque su prolífica obra periodística y literaria, lo convirtió en una presencia habitual en eventos, foros académicos y ferias internacionales de todo el mundo, su pasión por Cuba le hacía viajar, o estar en permanente comunicación con la isla, casi siempre a través de otro gran escritor cubano, el narrador Eduardo Heras León, a quien consideraba un hermano. En ese entorno, las tres últimas generaciones de escritores cubanos, muchos de ellos graduados del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, fundado y dirigido por Heras León, pudieron compartir en numerosas ocasiones con Galeano sus historias, recibir sus enseñanzas, disfrutar de su contagiosa palabra.
En una entrevista concedida a la revista Ñ, cuando le preguntaron “¿Qué es la muerte para usted?”, contestó: “A veces me angustia. A veces le tengo miedo. A veces me resulta indiferente, y otras veces, las más frecuentes, creo que la muerte y el nacimiento son hermanos. Que la muerte ocurre para que el nacimiento sea posible. Y que hay nacimientos para confirmar que la muerte nunca mata del todo”.
Eduardo Galeano ha muerto, dicen las noticias, pero quienes lo conocieron repiten esas, sus palabras: “la muerte nunca mata del todo”.

http://www.dw.de/la-muerte-nunca-mata-del-todo/a-18378968


domingo, 12 de abril de 2015

Umberto Eco: ‘Internet puede haber tomado el puesto del mal periodismo’

Umberto Eco: ‘Internet puede haber tomado el puesto del mal periodismo’

En su nueva novela, ‘Número Cero’, el filólogo e intelectual italiano apunta al periodismo. En ella habla de la ‘máquina del fango’ o cómo se trata hoy la política, con base en sospechas y chismorreos
Umberto Eco. Foto: elpais.com
Umberto Eco. Foto: elpais.com
La Razón (Edición Impresa) / Juan Cruz - El País
00:00 / 12 de abril de 2015
Desde la atalaya de su experiencia, de las palabras, el pensamiento y la brillantez de sus reflexiones, el filólogo e intelectual italiano apunta al periodismo en su nueva novela, Número Cero. En ella habla de la “máquina del fango” o cómo se trata hoy la política, con base en sospechas y cotilleos. Una táctica que no es nueva, pero que internet ha convertido en más fácil, en más creíble. Eco traza la historia de un editor que monta un periódico que no saldrá, pero que le servirá para intimidar y chantajear a sus adversarios.
Umberto Eco tiene a la entrada de su casa de Milán, antes de su desfiladero de libros, el periódico de su pueblo (Alessandria, en el Piamonte), que recibe a diario. Cuando le pedimos fotos de su juventud fue a un ordenador, que es el centro borgiano de su aleph particular, su despacho, y halló fotos que lo llevan al principio mismo de su vida, cuando era un crío de pañales. Todo lo hace con eficacia y buen humor, y rápidamente; lleva en la boca, casi siempre, el tabaco apagado con el que seguramente huye del tabaco. Tiene una inteligencia directa, no rehuye nada, ni hace circunloquios. Acostumbrado a pesar las palabras, las dice como si le vinieran dadas por un ejercicio intelectual que tiene su reflejo en los pasillos superpoblados de esta casa que se parece al paraíso de los libros. Ya tiene 83 años; ha adelgazado, pues lleva una dieta que lo alejó del whisky (con el que a veces almorzaba) y de otros excesos. Es uno de los grandes filólogos del mundo; desde muy joven ganó notoriedad como tal, pero un día quiso demostrar que el movimiento narrativo se demuestra andando y publicó, con un éxito planetario, la novela El nombre de la rosa (1980), cuyo misterio, cultura e ironía asombraron al mundo.
Desde ese éxito no ha dejado de trabajar, como filólogo y como novelista, y desde entonces el profesor Eco es también el novelista Eco; ahora aparece (en numerosos países) con una nueva novela que le nace desde el centro de sus intereses ciudadanos: él se siente un periodista cuyo compromiso civil le ha llevado por décadas a hacer autocrítica del oficio; su novela Número Cero pinta a un editor que monta un periódico que no saldrá, pero cuya presencia le sirve para intimidar y chantajear a sus adversarios. ¿Puede pensarse legítimamente en que en ese editor está la metáfora de Berlusconi, el magnate de los medios en Italia?, le pregunté. El profesor dijo: “Si quiere ver en Vimecarte un Berlusconi, adelante, pero hay muchos Vimecarte en Italia”.
Una novela sobre el periodismo. ¿Por qué?
Llevo escribiendo críticas del oficio desde los años sesenta, además de tener en el bolsillo el carné de periodista. Con Piero Ottone mantuve un buen debate polémico sobre la diferencia entre noticia y comentario. Escribir sobre cierto tipo de periodismo era una idea que me rondaba en la cabeza desde siempre.
Hay lectores que han encontrado en Número Cero el eco de muchos artículos míos, cuya sustancia he utilizado porque ya se sabe que la gente olvida mañana lo que leyó hoy. De hecho, algunos me han alabado. Por ejemplo, hay quienes han aplaudido lo que escribo del desmentido en prensa, ¡y de eso escribí lo mismo hace quince años! Así que abordé el tema porque lo llevo conmigo. Hasta el principio del libro es muy mío, pues ese episodio en que el agua no sale del grifo era también el principio de El péndulo de Foucault. Por entonces alguien me dijo que no era una buena metáfora, y la quité; pero, para Número Cero, me gustó esa idea, el agua que se retiene en el grifo y no sale, y tú esperas al menos una gota. Me gustó esa idea, bajé al sótano, encontré aquel primer manuscrito y la volví a usar. Todo es así: en la discusión que hay con Bragadoccio (periodista clave en la trama de Número cero) sobre qué coche comprar, lo que escribo es un listado que hice en los años noventa cuando mismo no sabía qué automóvil quería...
La novela está llena de referencias al cinismo del editor que pone en marcha un periódico para extorsionar…
Para chantajear… Tenía en mi mente a un personaje de la historia de Italia, Pecorelli, que hacía una especie de boletín de agencia que jamás acababa en los quioscos. Pero sus noticias terminaban en la mesa de un ministro y se transformaban en chantaje. Hasta que fue asesinado. Se dijo que fue por orden de Andreotti u otros. Era un periodista que hacía chantajes y no precisaba llegar a los quioscos: bastaba con que amenazara con difundir una noticia que podría ser grave para los intereses de otro. Al escribir el libro pensaba en ese periodismo que existió siempre y que en Italia recibió recientemente el nombre de “máquina del fango”.
¿En qué consiste?
En que para deslegitimar al adversario no hace falta que lo acuses de matar a su abuela o de que es un pedófilo: es suficiente con difundir sospecha sobre sus actitudes cotidianas. En la novela aparece un magistrado (que existió en realidad) sobre el que se lanzan sospechas, pero no se lo descalifica directamente, se dice simplemente que es estrafalario, que usa calcetines de colores… Es un hecho verdadero, consecuencia de la máquina del fango.
El editor, el director del periódico que no llega a salir, dice a través de su testaferro: “Es que la noticia no existe, es el periodista el que la crea”.
Sí, naturalmente. Mi novela no es solo un acto de pesimismo sobre el periodismo de fango; acaba con un programa de la BBC, que es un ejemplo de buen hacer. Porque hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros. Muchos diarios se han reconocido en Número cero, pero han hecho como que estaba hablando de otro.
El periodista está retratado también como un paranoico en busca de historia cueste lo que cueste, y babea cuando cree encontrarla…
Ocurre cuando Bragadoccio encuentra la autopsia de Mussolini… Siempre he dicho, también cuando escribía novelas históricas, que la realidad es más novelesca que la ficción. En La isla del día antes describo a un personaje haciendo un extraño experimento para descubrir las longitudes; es muy cómico, y la gente dijo: “Mira qué bonita la invención de Eco”. Pues era de Galileo, que también tenía ideas locas de vez en cuando y había inventado esta máquina para vendérsela a los holandeses. Si buceas en la historia puedes hallar episodios más dramáticos, más cómicos, y también más verdaderos, que los que puede inventar cualquier novelista. Por ejemplo, mientras busqué material para Número Cero hallé la autopsia entera de Mussolini. Ningún narrador de la pesadilla y del horror ha conseguido jamás imaginarse una historia como ésta, y es verdadera. Y se la serví al personaje Bragadoccio, periodista de investigación, que babeaba mientras la iba utilizando para su crónica sobre la conspiración que se inventó.
Y usted no la inventó, claro.
Está en internet, es así. Luego es muy fácil imaginar que un personaje tan paranoico y tan obsesivo como ese periodista empiece a gozar tanto de la autopsia como de las calaveras que encuentra en la iglesia de Milán por donde pasa su historia. También en este caso de la iglesia todo es verdadero: he intentado dibujar una Milán secreta, con esas calles, esas iglesias, que albergan realidades que parecerían fantasías…
Hoy, la realidad y la fantasía tienen un tercer aliado, internet, que cambió por completo el periodismo.
Internet puede haber tomado el puesto del periodismo malo… Si sabes que estás leyendo un periódico como El País, La Repubblica, Il Corriere della Sera…, puedes pensar que existe un cierto control de la noticia y te fías. En cambio, si lees un periódico como aquellos ingleses de la tarde, sensacionalistas, no te fías. Con internet ocurre al contrario: te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene en internet cualquier página web que hable de complots o que se invente historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio.
En este momento ya es difícil pensar en el mundo del periodismo que protagonizaban, aquí, en Italia, gente como Piero Ottone o Indro Montanelli…
¡Pero la crisis del periodismo en el mundo empezó en los cincuenta y sesenta, justo cuando llegó la televisión, antes de que ellos desaparecieran! Hasta entonces el periódico te contaba lo que pasaba la tarde anterior, por eso muchos se llamaban diarios de la tarde: Corriere della Sera, Le Soir, La Tarde, Evening Standard… Desde la invención de la televisión, el periódico te dice por la mañana lo que tú ya sabías. Y ahora pasa igual. ¿Qué debe hacer un diario?
Dígalo usted.
Tiene que convertirse en un semanal. Porque un semanal tiene tiempo, son siete días para construir sus reportajes. Si lees Time o Newsweek ves que varias personas han contribuido a una historia concreta, que han trabajado en ello semanas o meses, mientras que en un diario todo se hace de la noche a la mañana. Un periódico que en 1944 tenía 4 páginas hoy tiene 64, con lo cual tiene que rellenar obsesivamente con noticias repetidas, cae en el cotilleo, no puede evitarlo… La crisis del periodismo, entonces, ha empezado hace casi cincuenta años y es un problema muy grave e importante.
¿Por qué es tan grave?
Porque es cierto que, como decía Hegel, la lectura de los periódicos es la oración de la mañana del hombre moderno. Y yo no consigo tomarme mi café de la mañana si no hojeo el diario; pero es un ritual casi afectivo y religioso, porque lo hojeo mirando los titulares, y por ellos me doy cuenta de que casi todo lo había sabido la noche anterior. Como mucho, me leo un editorial o un artículo de opinión. Ésta es la crisis del periodismo contemporáneo. ¡Y de aquí no se sale!
¿De veras cree que no?
El periodismo podría tener otra función. Estoy pensando en uno que haga una crítica cotidiana de internet, algo que ocurre poquísimo. Un periodismo que me diga: “Mira qué hay en internet, mira qué cosas falsas se están diciendo, reacciona, yo te lo muestro”. Y eso se puede hacer. Sin embargo, se piensa aún que el diario está hecho para que lo lean unos señores viejos —ya que los jóvenes no leen— que además no usan internet. Habría que hacer un periódico que se convierta no solo en la crítica de la realidad cotidiana, sino también en la crítica de la realidad virtual. Éste es un posible futuro para un buen periodismo.
En su novela, un editor concibe un periódico que no va a salir, para dar miedo. ¿Es una metáfora de lo que sucede?
Y no solo. En Número Cero profundizo en la técnica del dossier. El chantaje consiste en anunciar una documentación, un informe. La carpeta puede estar vacía, pero la amenaza de que existe basta: cada uno de nosotros tiene un cadáver en el armario o a lo mejor ha tenido una multa por exceso de velocidad hace treinta años. La amenaza de la existencia de un dossier es fundamental. La técnica del expediente es como la técnica del secreto. Filósofos ilustres como Simmel y otros han dicho que el secreto más poderoso es el secreto vacío. Además, es una técnica infantil: el niño dice (burlándose): “¡Yo sé una cosa que tú no sabes!”. Decir que sabes una cosa que el otro no sabe es una amenaza. Muchos de los secretos están vacíos y por eso son mucho más poderosos. Luego vas a ver los verdaderos informes y solo son recortes de prensa. Se venden a un Gobierno y a los servicios secretos o a la Policía y son dossieres vacíos, llenos de cosas que sabíamos todos menos los servicios secretos.
Número cero es una novela de ficción, pero todo se puede verificar en la realidad…
Es el periodismo real del que hablo. Los periódicos especializados en la máquina del fango existen. No todos los diarios emplean esta máquina, pero existen los que la utilizan, y por una modesta suma de dinero te podría dar los nombres…
¿Y cómo se sale del fango?
Dando noticias acreditadas. Además, ¿qué es la máquina del fango? Normalmente se utiliza para deslegitimar al adversario y desprestigiarlo sobre cuestiones privadas. Quiero decir que en la época áurea si no te gustaba un presidente de Estados Unidos, ya fuera Lincoln o Kennedy, lo matabas; era por así decirlo un procedimiento honesto, como se hace en la guerra… En cambio, con Nixon y con Clinton se produjo una deslegitimación basada en cuestiones privadas. Uno incitaba a robar papeles, el otro hacía cosas con una chica en su estudio… Ésta es la máquina del fango. Podrías haber dicho, cosa que no ocurrió en Estados Unidos, que Kennedy se acostaba con Marilyn Monroe; la máquina del fango hubiera utilizado eso… A aquel juez de Rímini de mi libro (que como se dijo existió en otra ciudad) le pusieron encima la máquina del fango: llevaba calcetines estrafalarios, fumaba demasiado. En realidad, había dictado una sentencia que por aquel entonces no le había gustado a Berlusconi. Y lo que hizo la maquinaria del ex primer ministro fue buscar su desprestigio a través de episodios menores. Puedes deslegitimar a Netanyahu por lo que hace con Palestina. Pero si lo acusas, pongo por caso, de pedófilo, entonces ya no estarás funcionando con hechos, sino que estás poniendo en marcha la máquina del fango.
Frente a la máquina del fango…
Las pruebas, las noticias contrastadas. Para la máquina del fango es suficiente con difundir una sombra de sospecha o trabajar sobre un cotilleo menor. Al fin y al cabo, en Italia, Berlusconi fue puesto contra las cuerdas contando lo que hacía por la noche en su casa. Se podían decir de él, y se han dicho, cosas mucho más graves, sobre sus conflictos de intereses, por ejemplo. Pero eso dejaba al público indiferente. Y en cuanto se probó que iba con una menor de edad entonces se le puso en dificultades. ¡Como ves, hasta defiendo a Berlusconi! Él ha sido vencido a partir de revelaciones sobre su vida privada más que por noticias sobre hechos verdaderos y otras cosas de las que es responsable.
Cita en su libro la Operación Gladio en relación con sucesos ocurridos tras la Guerra Mundial. Entran ahí hasta las sospechas sobre la autoría de la matanza de los abogados de Atocha. Aquella sombra de la extrema derecha ahora vuelve al mundo con los atentados islamistas. ¿Qué opina de este momento otra vez sangriento, protagonizado esta vez por terroristas yihadistas?
Es como el nazismo: pensaba restablecer la dignidad del pueblo alemán matando a todos los judíos. ¿De dónde nace el nazismo? De una profunda frustración. Habían perdido una guerra y es en los momentos de grandes crisis cuando el cacique del pueblo puede congregar a la opinión pública alrededor del odio hacia un enemigo. Ocurre ahora con el mundo musulmán: tres siglos de frustración, tras el imperio otomano, tras el imperialismo, surge esa frustración en forma de odio y de fanatismo…
¿Y cómo se lucha contra eso?
No lo sé. Estaba muy claro cómo se podía luchar contra el fanatismo nazi porque los nacionalsocialistas se encontraban en un territorio identificable. Aquí la cosa es más compleja.
¿Tiene miedo?
No por mí: por mis nietos.
Usted ha escrito un libro en el que un periódico del fango da batallas sucias sin salir a la calle… ¿Concibe que un día no haya periódicos?
Es un riesgo muy grave porque, después de todo lo que he dicho de malo sobre el periodismo, la existencia de la prensa es todavía una garantía de democracia, de libertad, porque precisamente la pluralidad de los diarios ejerce una función de control. Pero para no morir, el periódico tiene que saber cambiar y adaptarse. No puede limitarse solamente a hablar del mundo, puesto que de ello ya habla la televisión. Ya lo he dicho: tiene que opinar mucho más del mundo virtual. Un periódico que sepa analizar y criticar lo que aparece en internet hoy tendría una función, y a lo mejor incluso un chico o una chica jóvenes lo leerían para entender si lo que encuentra online es verdadero o falso. En cambio, creo que el diario funciona todavía como si la red no existiera. Si miras el periódico de hoy, como mucho encontrarás una o dos noticias que hablan de internet. ¡Es como si los rotativos no se ocuparan nunca de su mayor adversario!
¿Es su adversario?
Sí. Porque lo puede matar.

lunes, 16 de marzo de 2015

Mujeres escritoras

12 escritoras latinoamericanas a las que les importó un carajo el que dirán

 

Post 496 - 12 escritoras latinoamericanas a las que les importó un carajo el qué dirán
A Victoria le importa un carajo tu racismo porque ella está orgullosa de ser negra.

Inspirada en este post de Buzzfeed (cuya traducción puedes leer aquí) y como buena amante de las listas que soy, he creado esta en la que menciono a 12 escritoras latinoamericanas del siglo XX a las que les importó un carajo el qué dirán.
Algunas de ellas están entre mis favoritas y a otras todavía no he tenido el placer de leerlas pero su actitud rebelde y sus escritos transgresores son una invitación para navegar entre las páginas de sus libros y contagiarnos así de su arriesgada valentía y de su sabia desobediencia, ya sea en su vida personal o en su labor literaria.

1. Victoria Santa Cruz
Perteneciente a una talentosa familia de artistas afroperuanos, Victoria Santa Cruz fue una poeta que, dueña de una inteligencia fascinante y un espíritu contestatario, puso de manifiesto en sus versos el sentir y el vivir de una mujer negra en una sociedad racista como la de su país. A lo largo de su vida se dedicó a investigar y difundir la cultura afroperuana alrededor del mundo. Si quieres ver y escuchar a Victoria, Me gritaron negra es uno de sus mejores poemas.

2. María Luisa Bombal
2. María Luisa
¿Ser esposa y madre? No, María Luisa prefiere escribir.

En medio de la sociedad chilena conservadora de principios del siglo XX, María Luisa Bombal sólo podía ser considerada una loca: en vez de convertirse en una buena esposa y madre, ella decidió dedicarse a escribir narraciones extraordinarias y fascinantes protagonizadas por personajes femeninos con una voz erótica propia y capaces de experimentar el placer o la rabia, algo que, por ese entonces, era considerado prohibido para las mujeres de su época. Debido a su talento deslumbrante y a su narrativa transgresora, María Luisa es considerada hoy en día una de las más importantes escritoras latinoamericanas.

3. Clarice Lispector
3. Clarice
Así que las mujeres no somos capaces de renovar la narrativa, ¿no? Clarice te reta a que leas sus cuentos y novelas.

Tenía apenas 23 años cuando publicó su primera novela y se convirtió en una de las escritoras más innovadoras de Brasil. A través de sus obras y haciendo uso de un estilo que rompía los esquemas de la narrativa de ese entonces, Clarice Lispector describió experiencias humanas vitales con una habilidad magistral como nunca nadie lo había hecho antes. Pero además de hacer gala de un nuevo estilo narrativo, en sus obras ella creó personajes femeninos que contradecían el estereotipo de la mujer sumisa.

 4. Cristina Peri Rossi
4. Cristina Peri Rossi
Cristina sabía lo que quería y sabía el talento que poseía.

Cristina Peri Rossi tenía tan sólo 6 años cuando le dijo a su familia que quería ser escritora y aunque nadie la tomó en serio en ese entonces, ella hizo realidad su deseo cuando dos décadas después comenzó a publicar sus primeros libros.
Reconocida como una de las cuentistas y poetas más importantes de Latinoamérica, esta escritora uruguaya tuvo que hacer frente a la discriminación luego de declararse abiertamente lesbiana. En sus poemas ella desarrolla con maestría el erotismo femenino, un buen ejemplo de ello puedes encontrarlo en estos bellos versos de Ca foscari.

 5. Rosa María Roffiel
5. Rosa María Roffiel
Como no habían novelas de temática lésbica, Rosa María escribió la primera.

Cuando en 1989, Rosa María Roffiel publicó su novela Amora, esta se convirtió en la primera obra narrativa de temática lésbica no sólo en México –su país natal- sino probablemente también en Latinoamérica. Si bien ese fue su debut como narradora, Rosa María ya era conocida por sus poemas, en cuyos versos abordaba el amor y la amistad entre mujeres, lo cual convierte a su obra poética en una rica fuente de inspiración feminista.
A mí me gusta tanto ella que he publicado 4 poemas suyos: Sobrevivientes, Gioconda, Cántico y Quise ser hombre.

6. Alejandra Pizarnik
6. Alejandra Pizarnik
Para Alejandra el lenguaje que existía no era suficiente así que se inventó uno nuevo.

Sin duda alguna, la argentina Alejandra Pizarnik es una de las poetas más importantes de Latinoamérica. Su brillante inteligencia y su profunda sensibilidad la llevaron a construir poemas en los que experimentaba con el lenguaje al mismo tiempo que expresaba sus más grandes temores.

7. Julia de Burgos
7. Julia-de-Burgos
Julia creía que la mejor compañera de la rebeldía femenina era la libertad de pensamiento de las mujeres.

Es considerada la poeta puertorriqueña más importante de todos los tiempos y una de las primeras escritoras feministas de Latinoamérica. En sus versos plasmó temas referentes a la condición de las mujeres de su país. Con una voz llena de rebeldía, Julia era una firme abanderada de la liberación femenina. Ella estaba convencida de que las mujeres debían luchar por sus derechos, reconocer su potencial, manejar sus propias vidas y dejar de sentirse inferiores con respecto a los hombres. Como buena feminista que era no dudaba en cuestionarse a sí misma tal como lo hace en este poema titulado A Julia de Burgos.

 8. Gioconda Belli
8. Gioconda Belli
¿Que las mujeres -además de escritoras- no podemos ser guerrilleras? A Gioconda eso le parece interesante, cuéntale más.

Eran los años 70 cuando Gioconda Belli comenzó a publicar sus primeros poemas en algunos diarios de su país y de inmediato generó polémica debido a la manera en que la poeta nicaragüense abordaba el cuerpo y la sensualidad femeninas.
Durante los primeros años de su carrera literaria, Gioconda combinó la pasión por la escritura con una agitada vida clandestina debido a su participación activa en el Frente Sandinista de Liberación Nacional, una organización de izquierda que luchaba contra la dictadura de Somoza.
Ese espíritu combativo también podemos encontrarlo en sus poemas, en cuyos versos resplandece una voz femenina con una gran conciencia feminista. Prueba de ello son Consejos para la mujer fuerte y Desafío a la vejez.

9. María Virginia Estenssoro
9. María Virginia Estenssoro
María Virginia le da las gracias a todos los que quisieron censurarla porque sólo lograron que más gente leyera sus libros.

El occiso (1971) fue el único libro de cuentos que la boliviana María Virginia Estenssoro publicó en vida y los 3 relatos que lo componen fueron suficientes para que por ese entonces se desatará una campaña en su contra. En uno de sus cuentos, María Virginia narraba una relación amorosa basada en el erotismo y en otro de ellos se describía un aborto voluntario. Ambos temas fueron la causa de que los sectores más conservadores de su país se unieran en contra de ella.
Sin embargo, el resultado fue el opuesto: la primera edición del libro se agotó rápidamente y María Virginia siguió escribiendo con las mismas ansias de convertir en palabras su espíritu libre.

10. Yolanda Oreamuno
10. Yolanda Oreamuno
Yolanda era una feminista feroz.

Yolanda Oreamuno estaba convencida de que era necesario un cambio en la vida privada y en la conciencia de las mujeres. Tenía tan sólo 22 años cuando comenzó a escribir sus primeros ensayos, textos en los cuales expresaba la importancia de que las mujeres pensaran por sí mismas y no en base al pensamiento masculino y patriarcal de la época.
Eran los años de la lucha por el voto femenino en Costa Rica y la feroz crítica de Yolanda al rol de las mujeres en la escuela y en la familia resuena aún hoy convirtiéndola en un referente de las primeras feministas latinoamericanas.

11. Antonia Palacios
11. Antonia Palacios
Antonia se ríe de tu canon literario masculino y patriarcal.

En 1976, la poeta, novelista y ensayista venezolana Antonia Palacios –dueña de una prosa elegante a través de la cual expresaba la subjetividad femenina de sus personajes- no dudó en afirmar que “la mujer ha contribuido a enriquecer la literatura venezolana con obras densas, de indudable calidad, que sin motivo alguno han sido ignoradas”. De esa manera ponía de manifiesto un problema aún vigente en el ámbito literario latinoamericano y mundial: la falta de difusión y valoración de las obras literarias escritas por mujeres.

12. Carmen Ollé
12. Carmen Ollé
Carmen hizo versos eróticos desde su propio cuerpo de mujer liberada.

En 1981 y de la mano de su primer libro Noches de adrenalina, el debut de Carmen Ollé no pudo ser más auspicioso. Esta obra suya marcó un antes y un después en la poesía peruana escrita por mujeres. La osadía en el lenguaje y su propuesta -en la que el placer era un elemento transgresor- dio inicio a una corriente de escritoras que se oponían al machismo de la sociedad de su país y que encontraron en el tema erótico el camino para expresarse libremente.


Del blog Chicas Malas: https://soyunachicamala.wordpress.com/2015/03/06/12-escritoras-latinoamericanas-a-las-que-les-importo-un-carajo-el-que-diran/

jueves, 5 de marzo de 2015

Castañón sobre Paz (en Letras Libres, por supuesto)

Octavio Paz: dos lunas en Yucatán (1937)

Marzo 5, 2015 | 
 
 
I
18 de octubre: en el calendario maya el año tenía 18 meses y la Pirámide de Kukulkán, en Chicen-Itzá, tiene nueve terrazas dobles que suman 18. Octavio Paz estuvo ahí en 1937, hace 77 años. Al poeta con alma de astrónomo que fue Octavio Paz le hubiese gustado saber a qué fecha corresponde este 18 de octubre (segundo día del II Festival Internacional de Cultura Maya) en el antiguo calendario maya tanto como qué fuerzas se concentraran durante las dos lunas —65 días— que aquí estuvo. 18 de octubre: día que en mi calendario corresponde a la fiesta de San Lucas, escritor, médico y, como yo, evangelista. Es un día apropiado para las ofrendas. 18 de octubre: no vengo aquí ante ustedes, a este Salón Magno de la Historia del Palacio de Gobierno, a cumplir con un trabajo o un encargo oficial profano. Vengo más bien a dar un testimonio personal y filial, a tratar de honrar y avivar la memoria, el recuerdo de una persona extraordinaria y excepcional —era de esas inteligencias que solo se dan rara vez en un país cada siglo— y que me tocó la suerte de conocer y tratar desde 1974 hasta 1998, casi 25 años. Este 18 de octubre vengo todavía a dar un óbolo por esa deuda. Cuando yo conocí a Paz en 1974, yo tenía 22 años, los mismos que él tenía cuando vino a Yucatán, y Paz contaba sesenta; ambos regresamos de un largo viaje, o él de esa odisea que había demorado más de veinte y que se había iniciado precisamente aquí, en Yucatán, en la primavera de 1937, para luego llevarlo a Valencia, Madrid, París, México, San Francisco, Francia de nuevo, la India, Japón, Suiza, México, Francia, la India —donde conoció a Marie José Paz y donde renunció a la embajada en 1968—, Inglaterra, los Estados Unidos, Francia, México. Octavio Paz era el poeta, autor y ensayista de El laberinto de la soledad, El arco y la lira, Piedra de sol, Ladera este, El mono gramático, Cuadrivio, Conjunciones y disyunciones; el amigo de Rafael Alberti, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Carlos Pellicer, André Malraux, André Breton, Robert Frost, Julio Cortázar, Blanca Varela, Luis Rosales, Tamayo, los Revueltas, Efraín Huerta: el hombre en su siglo que compartió con este, las ilusiones y desilusiones de la Revolución y la historia, los fuegos de artificio de la vanguardia. Yo, hijo de Jesús Castañón Rodríguez, nacido en 1916, acababa de regresar de un viaje de un año por Europa y Medio Oriente que hice muy probablemente con mis propios medios y en el que había peregrinado hacia Grecia, Israel, Turquía, Italia, Francia, España, a los 22 años, pobre, joven, audaz. Se dio una corriente de simpatía.
II
Octavio Paz estuvo en Yucatán 65 días, desde el 11 de marzo hasta el 15 de mayo de 1937. Al salir, tenía veintidós años y, al regreso, veintitrés, que cumpliría en esa estribación de México colindante, de un lado, con el Caribe, y, del otro, con el pasado profundo de la historia mexicana: ese cenote donde se funden las aguas límpidas de la civilización maya, las rocas de la colonia y la planicie desértica que recuerda a ciertos parajes de la India, como saben Marie José Paz y Elsa Cross. Se iba como maestro de una escuela secundaria oficial en compañía de sus amigos Octavio Novaro y Ricardo Cortés Tamayo, este último, portador de una credencial que lo identificaba como miembro del Partido Comunista en el que militaba, al igual que José Revueltas y Efraín Huerta, también amigos de Octavio Paz. Era la primera vez que el joven poeta tomaba un avión; fue un viejo aeroplano de la compañía Mexicana de Aviación en el que aterrizó luego de largas y ruidosas horas que lo dejaron casi sordo y era también la primera que se ausentaba durante tanto tiempo de su casa, ahora medio vacía. Su padre había muerto la aciaga tarde del 11 de marzo de 1935 despedazado por un tren, un año y tres días antes del viaje. Al joven Paz lo agobiaba y oprimía la ciudad de México, a pesar de que se desprendía con ella, de una novia de la que estaba peligrosamente enamorado (Elena, la hija del teósofo Garro), a pesar también de que había publicado en septiembre de 1936 un poema titulado ¡No pasarán! y de que poco después había dado a la luz un libro de exaltados poemas de amor Raíz del hombre. Si el primer poema había sido aplaudido por sus amigos comunistas y había recorrido el mundo y llegado a España, también había sido recibido con desdeñosa frialdad por los poetas de la revista Contemporáneos (en una nota “Poesía y retórica”, firmada con las iniciales de su seudónimo Bernardo Ortiz de Montellano, en el número 1 de Letras de México, sin citar por su nombre a Octavio Paz, subrayaba ciertas coincidencias entre el poema de Paz y el “Galope muerto” de Pablo Neruda). Paz Lozano se sentía incómodo en la tensa ciudad literaria de aquel entonces. En cierto modo, la ciudad se desdoblaba en él, sus lealtades se dividían: de un lado, hacia sus amigos militantes de izquierda; del otro, hacia sus maestros y, a la larga, tutores. El joven Paz había sido aceptado hacía poco por ese cerrado círculo de la aristocracia intelectual mexicana de aquellos años, conocido con el nombre de “Contemporáneos”: Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano, Manuel Rodríguez Lozano… partidarios, todos, del bando republicano en la inminente Guerra Civil de España; todos más o menos críticos del marxismo y del discurso revolucionario oficial imperante en aquel México gobernado por Lázaro Cárdenas, casi todos críticos obligados a merodear en las afueras del cardenismo. A Octavio Paz esta situación seguramente lo incomodaba. Las relaciones tormentosas con su novia y su familia no ayudaban a la serenidad del joven poeta. De ahí que cuando por fin bajara del avión, y se hubiese repuesto del viaje, haya tenido la sensación de despertar de un largo sueño oscuro. Despertó en Mérida como quien sale de una larga estación. El viaje de dos meses (dos largas lunas) a Yucatán se dibujaría en el recuerdo como un ciclo privilegiado y en el que, en cierto modo, se miniaturizaría su destino y trayectoria. Esas ocho semanas representarían un momento-mandala, una pausa-talismán en la que se trenzarían los distintos hilos de su itinerario ulterior. Gobernaba México Lázaro Cárdenas, cuyo gobierno revolucionario había organizado unas misiones educativas. Naturalmente, Paz se sumaría a ellas. Sin embargo, recordemos que estamos en México, aunque el viaje estaba abanderado por el estandarte del presidente Cárdenas, los tres jóvenes escritores misionarios se verían obligados a encarar dificultades con aquella burocracia que era, en más de un sentido, municipal; la mística de aquellos tres mosqueteros, como los calificaría Efraín Huerta, chocaría con la suspicacia de los profesores locales, quienes veían a los capitalinos con ojos evasivos. Este viaje inicial fue un viaje iniciático; ahí empezaría, para decirlo con Paz, un Itinerario que lo llevaría primero a Valencia, España, Madrid y París en 1938, a San Francisco en 1945, de nuevo a París en diciembre de ese mismo año, y de París a una escalada planetaria: la India, Tokio, Ginebra, París, México, Estados Unidos, París, la India, Afganistán; paralela a la odisea en verso y en prosa que cumple su obra, que va del poema al ensayo, de la traducción a la crítica política, de la viñeta lírica al ensayo filosófico, crítico e histórico, de Piedra de sol al Mono gramático, de El arco y la lira a Los hijos del limo. El joven poeta que aterriza en Mérida en marzo de 1937 había leído a Aldous Huxley y a D.H. Lawrence —cuya obra no era para él literatura, sino una suerte de visión profética que él mismo compartía y aun practicaba, según confesaría después—, a Paul Valéry, a André Malraux, —al que no tardaría en conocer en Valencia—, a André Gide, cuyas ideas y posiciones de crítica a la Unión Soviética le eran familiares —aunque aun no las compartía— si bien, eran materia de conversación entre esos escritores mayores que él y que, en cierto modo, habían adoptado al joven poeta que hacía un año había perdido a su padre; Paz llevaba bajo el brazo algunas lecturas, de poesía medieval española y de la obra de T.S. Eliot, particularmente de Los hombres huecos. El viaje a Yucatán tiene para ese joven escritor, que ya se encuentra desde hace algunos años en plena posesión de sus facultades críticas y poéticas, el valor premonitorio de una estación mágica, un momento-talismán, una visión ulterior plasmada más tarde, por ejemplo, en El laberinto de la soledad, como muestran estas “Notas” fechadas aquí, en Mérida, hace 77 años:
I
Bajo del avión levemente aturdido. Una densa oleada de aire caliente me saluda. De pronto, al tocar de nuevo tierra —una tierra que todavía no es la “tierra firme”— toco también otro suelo, cercano y entrañable: me sumerjo, como envuelto en una secreta e invisible onda, en la más tibia infancia. ¿Cómo asociar esta atmósfera ardiente con la bruma de la niñez? ¿Cómo reconocer en este cruel vaho, en esta seca desnudez, un blando aliento, un rumoroso río de recuerdos? No sé, pero por un instante brotan dentro de mí las tardes de verano en el valle de México, los mediodías luminosos y cálidos del colegio. No sé. Lo cierto es que existe y que, otra vez, soy hombre terrestre y no hombre de nubes y aire. Hombre sitiado por la tierra que me saluda y el pasado que me recobra, cercado por la violencia y una naturaleza que rechaza.
Así subo al automóvil. El asfalto, limpio y acerado, luce un esplendor contenido que va del gris al violeta. La ciudad es a estas horas una hermosa luz que atraviesa las calles y desemboca en un sitio misterioso, del que todavía no conozco sino el temblor y la recóndita frescura. Y todas las calles, se presiente, conducen la luz al mismo sitio. Pero, antes, la luz toca un muro resplandeciente, hace brotar espadas de un balcón, atraviesa la atmósfera vibrando… No es una ciudad hecha de volúmenes sino del juego de la luz en el aire y sobre las fachadas, vagando en una calle, hiriendo un verde vegetal; el viajero siente, desde el principio (y esta sensación se afirma cada día), que la ciudad no es más que una calculada danza de colores, el sitio en que reposan los colores, el fruto y la substancia de los colores. Tibios, tímidos colores de Mérida, subiendo del blanco, como un tenue vapor, al rosa, al crema, al verde tierno del amanecer.
En el trayecto cruza una esquina, entre la atmósfera deshabitada de las tres de la tarde, una mestiza. Como un fresco relámpago, un relámpago vivo y súbito, lleno de blanca desnudez, de inesperada y cándida frescura. Sin embargo, no es la llama dulce del rebozo, ni la tranquila hermosura del huipil, lo que conmueve. Con este encuentro me enfrento, por primera vez, a un hecho frecuente y diario en Yucatán: la presencia de lo indígena, su reiterada y siempre decisiva influencia en la vida social. De este encuentro parte, en realidad, todo intento de compresión, todo esfuerzo por acercarse a lo que verdaderamente mueve a la península. Aquí lo indígena no significa el caso de una cultura capaz de subvivir, precaria y angustiosamente, frente a lo occidental, sino el de los rasgos perdurables y extraordinariamente vitales de una raza que tiñe e invade con su espíritu la superficial fisonomía blanca de una sociedad.
II
Mérida es una población española, señorial y lenta. Las guías de turismo la tratan de “romántica capital”. Las casas, de un solo piso, bajas y amplias, tienen una huerta, un molino de viento y tierra húmeda, traída de otros sitios. Todo es trabajo humano: aquí la fecundidad es una victoria del hombre contra la sequedad y la inclemencia. En las noches, jadea la ciudad; asomadas a los balcones o en las puertas, las muchachas conversan y sus voces son como un hondo río, como el obscuro presentimiento del agua. A veces gime sordamente una veleta. De una calle silenciosa crece un tumulto de hierro y piedra y un olor penetrante de belfos y miembros sudorosos: cruza una calesa. A estas horas hay, a pesar de la brisa que empuja el mar cercano, un ahogo que oprime y embelesa; se adivina una oculta, encerrada vida sexual, contenida, ferozmente secreta y aherrojada. Recordemos las hermosas páginas de Cernuda en torno a la Andalucía romántica. Cádiz: la misma construcción, a un tiempo sólida y aérea; la misma seducción, hecha de espanto y delicia; el mismo jadeo nocturno, desesperado, tibio.
En las noches de Mérida el hombre se hunde en la vida feudal. La palabra doncella tiene una dramática, tensa significación. Conocemos el secreto de los suspiros, la violencia de un perfume, el poder de ciertas palabras, el temor nocturno de los niños. Hay un pecho agitado, una palabra obscura, impronunciable, detrás de cada puerta, de cada balcón.
Sabemos que este mundo, por más encantador que nos parezca, desaparecerá. Que la palabra no dicha se dirá. Que una nueva vida, una hermosa y limpia vida, rescatará a la mujer de todo esto y tornará claras las relaciones casi sobrenaturales de hombre y mujer, libres de angustia y sombras.
III
Al pasar los días se descubre la composición social de la ciudad. No solo hay clases divididas por la miseria y la servidumbre, sino que existe toda una orgullosa arquitectura de castas, impenetrable y rígida. No es nada más la pobreza de la ropa, como en Europa, ni la limpieza (todos son pulcros y prodigiosamente albean) lo que distingue a los hombres entre sí. No, no es el corte del traje, la calidad de la ropa, ni siquiera la cultura, lo que separa verdaderamente a los hombres, sino las ganancias… Y el color de la piel, que en Yucatán y en México todavía juega un papel importante en el reparto de las ganancias. Familias poderosas, con espíritu de casta (maravillosas familias criollas que hablan con entusiasmo del racismo alemán) y que rehúsan toda mezcla de sangre, presiden orgullosamente la vida exclusiva de la sociedad. Pero esta gente, tan cuidadosa de la pureza de su sangre, tan cruelmente enemiga de lo indígena, habla el idioma maya. Las necesidades del tráfico los obligan a usar el mismo lenguaje que hablan aquellos a quienes explotan y rechazan. Pero no solo es el idioma. Todo el subsuelo social está profundamente penetrado por lo maya; en todos los actos de la vida brota de pronto: en una costumbre tierna, en un gesto cuyo origen se desconoce, en la predilección por un color o por una forma. El gusto, la suma de aficiones y repulsiones, en lo que tienen de más afinado y genuinamente aristocrático, es maya. La dulzura del trato, la sensibilidad, la amabilidad, la cortesía pulcra y fácil, es maya. Parece que del legado español esta gente (no la clase media que, a pesar de todo, conserva, como en todo el país, un contenido y sobrio decoro, a punto siempre de naufragar) solo heredó la rigidez, la dureza.
 Hay días en que todo, por un instante, se desploma; la ciudad se despoja de su máscara y, desnuda, deja ver sus vivas entrañas, valientes y calladas: los grandes días de la vida en las calles, los días de las huelgas y de los mítines. Hay días en los que el campo recobra a la ciudad; indígenas y mestizos le dan a Mérida entonces su verdadero carácter. La blanca ciudad se vuelve más blanca aún. Los trabajadores le dan sentido, la dignifican, muestran lo verdadero.
IV
Hay una palabra que dice por sí sola todo lo que es Yucatán: henequén. La vida de la península y la de la ciudad. También la muerte de muchos campesinos pobres, de colectividades enteras de indígenas. El monocultivo (que ha hecho de Yucatán una región con características propias) ha dado a la clase campesina, junto al despojo y al hambre, cohesión nacional y racial, sentido a su destino. Pero cuando los grandes hacendados hablan de las notas que singularizan a la economía y a la vida peninsular y gritan la necesidad de yucatanizar a Yucatán, nosotros sabemos que lo que en realidad quieren es manos libres para la venta del suelo y sus productos al imperialismo. Los latifundistas, ellos que son iguales a todos los del globo, ¡nacionalista, regionalistas! En este sentido, y en estos momentos, me parece profundamente antidialéctico plantear, de una manera abstracta, la cuestión de las “nacionalidades oprimidas”. La única originalidad verdadera, la única riqueza expresiva, con valor y alcance humano y nacional (típico, digamos, para emplear la palabra) es la que imprime lo maya a la población. El idioma y las costumbres, el acento autónomo en suma (sí tiene, verdaderamente, un acento nacional Yucatán, y no es, simplemente, un matiz, todo lo singular que se quiera, de la nación mexicana) es maya. Y lo maya es, justamente, aquello que con mayor horror rechazan los grandes explotadores feudales.
Mérida, la ciudad moderna, dulce y clara, es el henequén. La vida. La muerte de los campesinos. Se cumple aquí, como en todo régimen capitalista, aquello de que el hombre vive de la muerte del hombre.
A veces, en la noche uno se despierta como sobre escombro y sangre. El henequén, invisible y diario, preside el despertar.
            Mérida, Yucatán, 1937[1]

III
La larga cita anterior habría que entretejerla con tres cuerdas: de un lado, con las dos versiones que hizo Paz de su poema “Entre la piedra y la flor” como la de 1937 y la de 1976, en segundo término con las cartas escritas por Octavio Paz a Elena Garro;[2] en tercer término con las diversas citas que hace Octavio Paz de los dioses, objetos y lugares sagrados de la civilización maya sembrados a lo largo de su obra y que se reproducen, en parte, al final en un anexo. Un ejemplo de ese conocimiento es la siguiente página que escribió Paz en 1962 en el texto “Obras maestras de México en París”:
Entre los mayas cada día era un dios, portador de una “carga de tiempo” fasto, nefasto o indiferente. Gracias a una ingeniosa combinación del calendario, cada 260 años terminaba un ciclo y comenzaba otro, siempre en el día Ahau (dios sol). Trece divinidades regían sucesivamente los períodos de 20 años en que estaba dividido cada ciclo. Obsesionados por la idea del tiempo, los mayas querían saber de dónde venía cada fecha, para utilizar su “carga” benéfica o, si era adversa, para neutralizarla por medio de ritos y sacrificios. El presente y el futuro eran el fatal resultado del pasado: no el de los hombres sino el de los astros. En una estela hay una inscripción que registra una fecha vertiginosa: 400.000.000 de años. Fue lo más lejos que llegaron en su exploración del pasado. La tentativa no era descabellada: les parecía la única manera de enfrentarse al presente y apoderarse del futuro. Esa inmensa investigación mágico-matemática al fin se reveló estéril: el tiempo es insondable.[3]
En agosto de 1937, poco después de que Octavio Paz dejara la península, Lázaro Cárdenas viajó a Yucatán en compañía de una nutrida comitiva para asegurar in situ la Reforma Agraria y tratar de dar realidad a los ideales de la Revolución que había entrevisto durante su campaña como presidente. El proceso de lucha contra los latifundistas había empezado desde antes y en esa atmósfera caldeada por los ánimos llegaría Octavio Paz a Yucatán. La revolución podía tener diversos sentidos, de un lado, el que le daban los cardenistas, del otro, el que veían los opositores al régimen, como, por ejemplo, José Revueltas, dos años antes, quien había enviado prisionero a las Islas Marías cuando aún no cumplía la mayoría de edad.
En esas semanas de 1937 serían esbozadas y escritas las páginas de “Entre la piedra y la flor”, extenso “himno entre ruinas” o, como diría Paz más adelante, “maleza entre escombros”, cuyo tema, materia y asunto lo acompañarán como una herida abierta a lo largo de su longevidad. No otra cosa muestra el hecho de que en las Obras completas él mismo haya propuesto la inclusión de las dos versiones de ese poema que escribió y re-escribió a lo largo de treinta y nueve años. Salta a la vista que entre las “Notas”, atrás citadas —que en parte presagian El Laberinto de la soledad— y el poema, y los poemas que siguen, hay puentes, corredores, ecos, correspondencias.
Cabe hacer al paso una observación, relativa al sentido y a la práctica misma de la re-escritura de un poema… ¿Es posible? ¿Es viable? ¿Es eficiente? ¿Tiene sentido más allá de lo catártico? Si bien es cierto que “La fundación mitológica de Buenos Aires” ha sido objeto por parte de su autor, Jorge Luis Borges, de no menos de nueve versiones, ¿tiene sentido la re-escritura de “Entre la piedra y la flor”, también un poema fundacional ya no de la ciudad sino de la obra y la visión misma de Octavio Paz? ¿Cómo interpretar el hecho de que mientras la primera versión cuenta con 218 versos la segunda condensa la lección del mismo a 199, para no hablar de otros matices de la enunciación? ¿Se puede decir que el poema busca indagar en los cimientos y fundamentación simbólica de la ciudad, y que él ocupa en la obra de Octavio Paz el lugar de una raíz, que es un poema raíz y que acaso podría subtitularse “Raíz del hombre” en Yucatán? Quedan a la orilla del río, como “Piedras sueltas”, algunos poemas sobre la ciudad sagrada de los mayas que me permito reproducir como una suerte de atrio textual antes de entrar al doble patio de “Entre la piedra y la flor”.

En Uxmal
1
La piedra de los días
El sol es tiempo;
el tiempo, sol de piedra;
la piedra, sangre.

2
Mitad del día
La luz no parpadea,
el tiempo se vacía de minutos,
se ha detenido un pájaro en el aire.

3
Más tarde
Se despeña la luz,
despiertan las columnas
y, sin moverse, bailan.

4
Pleno sol
La hora es transparente:
vemos, si es invisible el pájaro,
el color de su canto.

5
Relieves
La lluvia, pie danzante y largo pelo,
el tobillo mordido por el rayo,
desciende acompañada de tambores:
abre los ojos el maíz, y crece.

6
Serpiente labrada sobre un muro
El muro al sol respira, vibra, ondula,
trozo de cielo vivo y tatuado:
el hombre bebe sol, es agua, es tierra.
Y sobre tanta vida la serpiente
que lleva una cabeza entre las fauces:
los dioses beben sangre, comen hombres.[4]

Léase en primer lugar la versión de 1937 de “Entre la piedra y la flor”:

I
En el alba de callados venenos                                    1
amanecemos serpientes.                                               2

Amanecemos piedras,                                        
raíces obstinadas,                                   
sed descarnada, labios minerales.                              5

La luz en estas horas es acero,
es el desierto labio del desprecio.
Si yo toco mi cuerpo soy herido
por rencorosas púas.
Fiebre y jadeo de lentas horas áridas,
miserables raíces atadas a las piedras.                                 11

Bajo esta luz de llanto congelado
el henequén, inmóvil y rabioso,
en sus índices verdes
hace visible lo que nos remueve,
el callado furor que nos devora.                                               16

En su cólera quieta,
en su tenaz verdor ensimismado,
la muerte en que crecemos se hace espada
y lo que crece y vive y muere
se hace lenta venganza de lo inmóvil.                         21

Cuando la luz extiende su dominio
e inundan blancas olas a la tierra,
blancas olas temblantes que nos ciegan,
y el puño del calor nos niega labios,
un fuego verde cerca al henequén,
muralla viva que devora y quema
al otro fuego que en el aire habita.
Invisible cadena, mortal soplo
que aniquila la sed de que renace.                             30

Nada sino la luz. No hay nada, nada
sino la luz contra la luz rabiosa,
donde la luz se rompe, se desangra
en oleaje estéril, sin espuma.                                       34

El agua suena. Sueña.
El agua intocable en su tumba de piedra,
sin salida en su tumba de aire.
El agua ahorcada,
el agua subterránea,
de húmeda lengua humilde, encarcelada.
El agua secreta en su tumba de piedra
sueña invisible en su tumba de agua.                         42

A las seis de la tarde
alza la tierra un vaho blanquecino.
Vuelan pájaros mudos, barro alado.
Arrasan nubes crueles el cielo sin orillas.                 46

Pero en la noche el agua gime.
Un cielo de metal
oprime pecho y venas
y tiembla en el ahogo el horizonte.
El agua gime entre sus negros hierros.
El hombre corre de la muerte al sueño.                                  52

El henequén vigila cielo y tierra.
Es la venganza de la tierra,
la mano de los hombres contra el cielo.                                55

II
¿Qué tierra es ésta?,
¿qué extraña violencia alimenta
en su cáscara pétrea?,
¿qué fría obstinación,
años de fuego frío,
petrificada saliva persistente,
acumulando lentamente un jugo,
una fibra, una púa?                                                          63

Una región que existe
antes que sobre el mundo alzara el aire
su bandera de fuego y el agua sus cristales;
una región de piedra
nacida antes del renacimiento mismo de la muerte;
una región, un párpado de fiebre,
unos labios sin sueño
que recorre sin término la sed,
como el mar a las lajas en las costas desiertas.                  72

La tierra solo da su flor funesta,
su espada vegetal.
Su crecimiento rige
la vida de los hombres.                                                  76

Por sus fibras crueles
corre una sed de arena
trepando desde sótanos ciegos,
duras capas de olvido donde el tiempo no existe.   80

Furiosos años lentos, concentrados,              
como no derramada, oculta lágrima,
brotando al fin sombríos
en un verdor ensimismado,
rasgando el aire, pulpa, ahogo,
blanda carne invisible y asfixiada.
Al cabo de veinticinco amargos años
alza una flor sola, roja y quieta.
Una vara sexual la levanta
y queda entre los aires, isla inmóvil,
petrificada espuma silenciosa.                                    91

Oh esplendor vengativo,
única llama de este infierno seco,
amor que apenas nace muere,
¿tanto silencio hundido,
tanta fiebre acallada,
surge en tu llama rígida, desnuda,
para cantar, solo, tu muerte?                                        98

III
¡Si yo pudiera,
en esta orilla que la sed ilumina,
cantar al hombre que la habita y la puebla,
cantar al hombre que su sed aniquila!
Al hombre húmedo y persistente como lluvia,
al hombre como un árbol hermoso y ultrajado
que arranca su nacimiento al llanto,
al hombre como un río entre las llamas,
como un pájaro semejante a un relámpago.
Al hombre entre sus fines y sus frutos.                                   108

Los frutos de la tierra son los fines del hombre.
Mezcla su sal henchida con las sales terrestres
y esa sal es más tierna que la sal de los mares:
le dio Adán, con su sangre, su orgulloso castigo.     112

¡Si pudiera cantar
al hombre que vive bajo esta piel amarga!
El nacimiento,
el espanto nocturno,
la vasta mano que puebla y despuebla la tierra.                 117

¡El hombre entre sus fines!
Sus principios obscuros,
la luz que lo visita,
su agonía, piedra y fuego en el polvo.                         121

Entre el primer silencio y el postrero,
entre la piedra y la flor,
tú, el círculo de ternura que alimenta la noche.                   124

Donde la tierra es muerte                                             
y de su muerte solo brotan muertes,
verdes, sedientas, innumerables muertes,
tú caminas. Te ciñe un pulso aéreo,
un silencio flotante,
como fuga de sangre, como humo,
como agua que olvida.                                                    131

Llamas petrificadas te sostienen.
Caminas entre espadas,
casi invisible
bajo el temblor del cielo tierno,
un leve paso de animal que huye.                               136

Tú caminas. Tú duermes. Tú fornicas.
Tú danzas, bebes, sueñas.
Sueñas en otros labios que prolonguen tu sueño.              139

Alguien te sueña, solo.
Tu nombre, polvo, piedra,
en el polvo sediento precipita su ruina.                                142

Mas no es el ritmo obscuro del planeta,
el renacer de cada día,
el remorir de cada noche,
lo que te mueve por la tierra.                                        146

IV
¡Oh rueda del dinero,
que ni te palpa ni te roza
y te deshace cada día!                                                    149

Ángel de tierra y sueño,
agua remota que se ignora,
oh condenado,
oh inocente,
oh bestia pura entre las horas del dinero,
entre esas horas que no son nuestras nunca,
por esos pasadizos de tedio devorante
donde el tiempo se para y se desangra.                                157

¡El mágico dinero!
Invisible y vacío,
es la señal y el signo,
la palabra y la sangre,
el misterio y la cifra,
la espada y el anillo.                                                      163

Es el agua y el polvo,
la lluvia, el sol amargo,
la nube que crea el mar solitario
y el fuego que consume los aires.                                167

Es la noche y el día:
la eternidad sola y adusta
mordiéndose la cola.                                                      170

El hermoso dinero da el olvido,
abre las puertas de la música,
cierra las puertas al deseo.
La muerte no es la muerte: es una sombra,
un sueño que el dinero no sueña.                               175

¡El mágico dinero!
Sobre tus huesos se levanta,
sobre los huesos de los hombres se levanta.                       178

Pasas como una flor por este infierno estéril,
sin llamas ni pecados,
hecho solo del tiempo encadenado,
carrera maquinal, rueda vacía
que nos exprime y deshabita,
y nos seca la sangre,
y el lugar de las lágrimas nos mata.                            185

Porque el dinero es infinito y crea desiertos infinitos.       186

V
Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.                                                     192

Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.                                                         196

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.                                                    199

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.                                     202

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.                                207

Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde en tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.                           215

Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.                                                     218

Yucatán 1937 / México 1940.


Contrástese con la escrita más de treinta años después:

A Teodoro Cesarman

I
Amanecemos piedras.                                                    1

Nada sino la luz. No hay nada
sino la luz contra la luz.                                                 3

La tierra:
palma de una mano de piedra.                                    5

El agua callada
en su tumba calcárea.
El agua encarcelada,
húmeda lengua humilde
que no dice nada.                                                10

Alza la tierra un vaho.
Vuelan pájaros pardos, barro alado.
El horizonte:
unas cuantas nubes arrasadas.                                    14

Planicie enorme, sin arrugas.
El henequén, índice verde,
divide los espacios terrestres.
Cielo ya sin orillas.                                                          18

II
¿Qué tierra es esta?
¿Qué violencias germinan
bajo su pétrea cáscara,
qué obstinación de fuego ya frío,
años y años como saliva que se acumula
y se endurece y se aguza en púas?                              24

Una región que existe
antes que el sol y el agua
alzaran sus banderas enemigas,
una región de piedra
creada antes del doble nacimiento
de la vida y la muerte.                                                    30

En la llanura la planta se implanta
en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil
frente al sol giratorio y las nubes nómadas.             34

El henequén, verde y ensimismado,
brota en pencas anchas y triangulares:
es un surtidor de alfanjes vegetales.
El henequén es una planta armada.                           38

Por sus fibras sube una sed de arena.
Viene de los reinos de abajo,
empuja hacia arriba y en pleno salto
su chorro se detiene,
convertido en un hostil penacho,
verdor que acaba en puntas.
Forma visible de la sed invisible.                                45

El agave es verdaderamente admirable:
su violencia es quietud, simetría su quietud.                       47

Su sed fabrica el licor que lo sacia:
es un alambique que se destila a sí mismo.             49

Al cabo de veinticinco años
alza una flor, roja y única.
Una vara sexual la levanta,
llama petrificada.
Entonces muere.                                                   54

III
Entre la piedra y la flor, el hombre:
el nacimiento que nos lleva a la muerte,
la muerte que nos lleva al nacimiento.                                  57

El hombre,
sobre la piedra lluvia persistente
y río entre llamas
y flor que vence al huracán
y pájaro semejante al breve relámpago:
el hombre entre sus frutos y sus obras.                                 63

El henequén,
verde lección de geometría
sobre la tierra blanca y ocre.
Agricultura, comercio, industria, lenguaje.
Es una planta vivaz y es una fibra,
es una acción en la Bolsa y es un signo.
Es tiempo humano,
tiempo que se acumula,
tiempo que se dilapida.                                                 72

La sed y la planta,
la planta y el hombre,
el hombre, sus trabajos y sus días.                              75

Desde hace siglos de siglos
tú das vueltas y vueltas
con un trote obstinado de animal humano:
tus días son largos como años
y de año en año tus días marcan el paso;
no el reloj del banquero ni el del líder:
el sol es tu patrón,
de sol a sol es tu jornada
y tu jornal es el sudor,
rocío de cada día
que en tu calvario cotidiano
se vuelve una corona transparente
-aunque tu cara no esté impresa
en ningún lienzo de Verónica
ni sea la de la foto
del mandamás en turno
que multiplican los carteles:
tu cara es el sol gastado del centavo,
universal rostro borroso;
tú hablas una lengua que no hablan
los que hablan de ti desde sus pulpitos
y juran por tu nombre en vano,
los tutores de tu futuro,
los albaceas de tus huesos:
tu habla es árbol de raíces de agua,
subterráneo sistema fluvial del espíritu,
y tus palabras van -descalzas, de puntillas-
de un silencio a otro silencio;
tú eres frugal y resignado y vives,
como si fueras pájaro,
de un puño de pinole en un jarro de atole;
tú caminas y tus pasos
son la llovizna en el polvo;
tú eres aseado como un venado;
tú andas vestido de algodón
y tu calzón y tu camisa remendados
son más blancos que las nubes blancas;
tú te emborrachas con licores lunares
y subes hasta el grito como el cohete
y como él, quemado, te desplomas;
tú recorres hincado las estaciones
y vas del atrio hasta el altar
y del altar al atrio
con las rodillas ensangrentadas
y el cirio que llevas en la mano
gotea gotas de cera que te queman;
tú eres cortés y ceremonioso y comedido
y un poco hipócrita como todos los devotos
y eres capaz de triturar con una piedra
el cráneo del cismático y el del adúltero;
tú tiendes a tu mujer en la hamaca
y la cubres con una manta de latidos;
tú, a las doce, por un instante,
suspendes el quehacer y la plática,
para oír, repetida maravilla,
dar la hora al pájaro, reloj de alas;
tú eres justo y tierno y solícito
con tus pollos, tus cerdos y tus hijos;
como la mazorca de maíz
tu dios está hecho de muchos santos
y hay muchos siglos en tus años;
un guajolote era tu único orgullo
y lo sacrificaste un día de copal y ensalmos;
tú llueves la lluvia de flores amarillas,
gotas de sol, sobre el hoyo de tus muertos               140

-mas no es el ritmo obscuro,
el renacer de cada día
y el remorir de cada noche,
lo que te mueve por la tierra:                                        144

IV
El dinero y su rueda,
el dinero y sus números huecos,
el dinero y su rebaño de espectros.                             147

El dinero es una fastuosa geografía:
montañas de oro y cobre,
ríos de plata y níquel,
árboles de jade
y la hojarasca del papel moneda.                                152

Sus jardines son asépticos,
su primavera perpetua está congelada,
son flores son piedras preciosas sin olor,
sus pájaros vuelan en ascensor,
sus estaciones giran al compás del reloj.                              157

El planeta se vuelve dinero,
el dinero se vuelve número,
el número se come al tiempo,
el tiempo se come al hombre,
el dinero se come al tiempo.                                        162

La muerte es un sueño que no sueña el dinero.
El dinero no dice tú eres:
el dinero dice cuánto.                                                      165

Más malo que no tener dinero
es tener mucho dinero.                                                   167

Saber contar no es saber cantar.                                              168

Alegría y pena
ni se compran ni se venden.                                          170

La pirámide niega al dinero,
el ídolo niega al dinero,
el brujo niega al dinero,
la Virgen, el Niño y el Santito
niegan al dinero.                                                  175

El analfabetismo es una sabiduría
ignorada por el dinero.                                                   177

El dinero abre las puertas de la casa del rey,
cierra las puertas del perdón.                                       179

El dinero es el gran prestidigitador.
Evapora todo lo que toca:
tu sangre y tu sudor,
tu lágrima y tu idea.
El dinero te vuelve ninguno.                                          184

Entre todos construimos
el palacio del dinero:
el gran cero.                                                                      187

No el trabajo: el dinero es el castigo.
El trabajo nos da de comer y dormir:
el dinero es la araña y el hombre la mosca.
El trabajo hace las cosas:
el dinero chupa la sangre de las cosas.
El trabajo es el techo, la mesa, la cama:
el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma.                 194

El dinero seca la sangre del mundo,
sorbe el seso del hombre.                                             196

Escalera de horas y meses y años:
allá arriba encontramos a nadie.

Monumento que tu muerte levanta a la muerte.                  199

Mérida 1937 / México 1976[5]

IV
En la vida de un hombre se dan momentos clave en que se superponen, como en un Aleph o momento-talismán, los distintos lazos y desenlaces del destino. Uno de esos momentos lo vivió Octavio Paz en 1937, en Yucatán, un año después de muerto su padre y luego de haber publicado dos poemas que marcarían su historia: ¡No pasarán! y Raíz del hombre. En Chichen-Itzá, en el Patio del juego de pelota, una mañana de la primavera de 1937, tiene Paz la revelación de su destino en una visión donde el pasado, el presente y el porvenir se funden en el relámpago de un instante. Así evoca ese momento:
Una mañana, mientras caminaba por el Juego de Pelota, en cuya perfecta simetría el universo parece reposar entre dos muros paralelos, bajo un cielo a un tiempo diáfano e impenetrable, espacio en el que el silencio dialoga con el viento, campo de juego y campo de batalla de las constelaciones, altar de un terrible sacrificio: en uno de los relieves que adornan al rectángulo sagrado se ve a un jugador vencido, de hinojos, su cabeza rodando por la tierra como un sol decapitado en el firmamento, mientras que de su tronchada garganta brotan siete chorros de sangre, siete rayos de luz, siete serpientes. Una mañana, mientras recorría el Juego de Pelota, se me acercó un presuroso mensajero del hotel y me tendió un telegrama que acababa de llegar de Mérida, con la súplica de que se me entregase inmediatamente. El telegrama decía que tomase el primer avión disponible pues se me había invitado a participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se celebraría en Valencia y en otras ciudades de España en unos días más. Apenas si había tiempo para arreglar el viaje. Lo firmaba una amiga (Elena Garro). El mundo dio un vuelco. Sentí que, sin dejar de estar en el tiempo petrificado de los mayas, estaba también en el centro de la actualidad más viva e incandescente. Instante vertiginoso: estaba plantado en el punto de intersección de dos tiempos y dos espacios. Visión relampagueante: vi mi destino suspendido en el aire de esa mañana transparente como la pelota mágica que, hacía quinientos años, saltaba en ese mismo recinto, fruto de vida y de muerte en el juego ritual de los antiguos mexicanos.[6]
El vértigo de ese momento en que se comunican dos tiempos y dos ciclos acompañará, como una sombra, a Octavio Paz durante toda su vida: como si en su mirar bifocal coincidieran la Cuenta Larga y la Cuenta Corta, como si a partir de ahí su corazón hubiese empezado a latir en dos tiempos: sístole instantánea y calcinante, diástole milenaria. Conciencia pendular que subyace en su escritura: el destino suspendido en el aire líquido del tiempo. No es extraño, entonces, que aquél poema “Entre la piedra y la flor” que empezó a escribir en la primavera de 1937 lo haya acompañado como una sombra, como un duelo o una herida abierta, a lo largo de décadas y que fuese rescrito encarnizadamente una y otra vez. “Entre la piedra y la flor” es, en la obra de Paz, como una espina enterrada, el nombre de Yucatán despierta en su mente la imagen y experiencia de un caracol marino. Momento de revelación como un arco y como una hondura sobre la cual se deberá descodificar, contra el horizonte milenario, la experiencia del ahora: sístole del presente, diástole inmemorial. La vocación poética de Octavio Paz se rige por el principio de una llama doble: de un lado, la expresión militante y forense del poema ¡No pasarán!, del otro, las efusiones amorosas cristalizadas en Raíz del hombre; sístole-diástole que se prolongará en el futuro, de un lado Nocturno de san Ildefonso y del otro Viento entero. Contra la piedra suelta de las anécdotas contingentes, se abre el largo ciclo y la cuenta larga de los calendarios astronómicos, que a su vez rebotan en la pared del compacto poema breve.
En esa anécdota del viaje inicial e iniciático que es como el puente aéreo hacia el otro viaje, hacia el viaje interior, parecería estar integrada la biografía ulterior de Octavio Paz. En ese microrrelato, ya está planteado el escenario que luego se desarrollará: el santuario remoto que representa Yucatán y la cultura maya y que luego, más tarde, representará la India; la amistad de Efraín Huerta, conjurado cómplice; la mala fe de los representantes de la nomenclatura comunista que encarna Juan Marinello; la amistad mensajera de Elena Garro; el paisaje de fondo de la amistad de un Rafael Alberti y de un Pablo Neruda conmovidos por el poema ¡No pasarán!; la compañía solidaria pero distante de los disidentes que fueron los escritores de Contemporáneos, la soledad de la poesía, la poesía de la soledad.
La conciencia viva como un ascua ardiente de este instante vertiginoso le permitirá a Octavio Paz escribir más adelante, muchos años después, las proféticas páginas de Posdata (1970). En ellas advierte con su penetrante conciencia de filósofo de la historia un hecho que se delineaba ya en aquellos días y que ahora cobra intensa vigencia y realidad: el riesgo de que aquel inmenso pasado inmemorial de las antiguas culturas mayas y su alta civilización se transforme en un espectáculo de luz y sonido, en una coreografía simulada en la cual el lugar de los campesinos explotados y esclavizados por el cultivo del henequén lo pasarán a ocupar los turistas y sus guías acarreados por la mercadotecnia del turismo planetario hacia los venerables sitios arqueológicos: “Entre la piedra y la flor” no solo es un poema memorable en sus dos versiones, sino también una prueba de que sigue escribiéndose en nuestro interior aunque quizá ahora la flor sea de piedra y papel, y la piedra de fibra de vidrio.


Palabras leídas en el marco del homenaje a Octavio Paz en el Festival Internacional de la Cultura Maya 2014 el día 18 de octubre en el Salón Magno de la Historia del Palacio de Gobierno del Estado Libre y Soberano de Yucatán, en la ciudad de Mérida.


[1]“Notas”, se publicó en El Nacional, 8 de mayo de 1937, pp. 1-3; “Notas”, de Octavio Paz, a Primeras Letras, en “Testimonios” en Obras Completas, tomo XIII, Miscelánea I. 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1999; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, 1999,. Fondo de Cultura Económica, 2003, México pp 189-192.
[2] Se encuentran en la Biblioteca de la Universidad de Princeton bajo el lema de “Elena Garro Papers” sobre las cuales ha escrito Guillermo Sheridan en su ensayo “Octavio Paz: cartas de Mérida” al que tanto deben esta paráfrasis “Octavio Paz: cartas de Mérida”, Guillermo Sheridan, Cuadernos Hispanoamericanos, publicado en el número 754, abril 2013. También véase “Camarada henequenero” en Los guerrilleros de la poesía (1929-19369 de Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, Ediciones Era, México, 2014, pp. 214-227.
[3] Octavio Paz, “Obras maestras de México en París”, “Arte precolombino”, Los privilegios de la vista. Arte moderno universal. Arte de México, Obras completas IV, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2001,p. 586.
[4]“En Uxmal” en III. Semillas para un himno (1943-1955) en Libertad bajo palabra (1935-1957) en Obra poética I de las Obras completas t. XI, 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1996; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, 1997; 2ª reimp. Fondo de Cultura Económica, 1997, México, pp. 141-142.
[5] Entre la piedra y la flor, México, “A la orilla del mundo”, “Primera instancia” Obras completas, tomo XIII, Miscelánea I. Primeros escritos, pp. 106-113 (Yucatán, 1937/ México 1940). La versión definitiva de Entre la piedra y la flor fue recogida en la Obra poética I Obras completas tomo XI, pp.86-92.
[6] Octavio Paz, “Primeros pasos” en ITINERARIO en PRÓLOGO en Ideas y costumbres I. La letra y el cetro en Obras completas t-9, 1ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1993; 2ª ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 22-23.

Letras Libres: http://www.letraslibres.com/blogs/zona-paz/octavio-paz-dos-lunas-en-yucatan-1937?page=full