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viernes, 8 de enero de 2010

De astronautas y "lunáticos"


EN LA MUJER EN LA LUNA (1929) HAY AIRE Y AGUA, PERO ESTAN EN LA CARA OCULTA.
Por Pablo Capanna

Por alguna extraña razón, en estas comarcas rioplatenses se celebra el Día del Amigo junto con la llegada de la nave Apolo XI a la Luna. Aunque cualquiera diría que a los amigos es mejor tenerlos acá, especialmente cuando necesitamos de ellos.Los cuarenta años del alunizaje fueron recordados con especial fervor por los amigos de Baudrillard, que se han cebado con la guerra mediática del Golfo y no dejan de buscar simulacros por todas partes. Digamos que no les cuesta mucho, porque la cultura global ofrece una amplia gama de mentiras, tanto piadosas como impiadosas.Es sintomático que a cuatro décadas del primer alunizaje, justo cuando revivían los proyectos de exploración lunar, fueran tantos los que pusieron en duda que la NASA hubiese llegado a la Luna en 1969. La denuncia de que todo aquello no fue más que una simulación parece haberse inspirado en esas teorías conspirativas que circulan especialmente entre la ultraderecha yanqui y la comunidad de los ufólogos.A los negadores del Holocausto y a aquellos que juran que la Tierra sigue siendo plana a pesar de que el Google Earth nos engañe, se han sumado los que no sólo cuestionan la televisación del alunizaje, sino que también niegan que Armstrong haya estado allá. Pretenden que la mentira fue tan perfecta que ni siquiera los rusos, que algo sabían de espionaje, se dieron cuenta. Sugieren que quien la fraguó fue Stanley Kubrick, pero parecen pensar en Ed Wood, porque habría sido tan torpe de filmar al aire libre, para que la bandera flameara con el viento.Distanciándonos de estas polémicas, estamos en condiciones de ofrecer evidencias de la presencia argentina en el satélite, un año antes que el supuesto viaje de la NASA. Para probarlo está el libro Los argentinos en la Luna, publicado por Ediciones de la Flor en 1968, que reclutó a astronautas como Mujica Lainez, Oesterheld, Vanasco y Bajarlía, otros que pronto serían célebres y algunos que fuimos merecidamente olvidados.Y ya que estamos, nadie sería capaz de poner en duda unos cuantos viajes anteriores, que algunos hicieron con la imaginación para que otros se pusieran a pensar que era posible intentarlo.

CRUZANDO LAS COLUMNAS DE HERCULES

Antes de que alguien se pusiera a soñar con viajar a la Luna, era necesario que hubiese otro que la imaginara como un mundo similar al nuestro, y dejara de verla como una divinidad.El primero parece haber sido el filósofo Anaxágoras, que cinco siglos antes de la era cristiana causó escándalo al decir en público que el Sol y la Luna eran apenas más grandes que el Peloponeso, que la Luna tiene montañas y valles, que recibe su luz del Sol y que está habitada. Se salvó de que lo condenaran por impiedad gracias a su amigo Pericles, pero tuvo que irse de Atenas hasta que se calmaran los ánimos.Anaxágoras hizo posible el paso siguiente. Si la Luna era otra Tierra, sería posible visitarla, quizá con los recursos disponibles y sin apartarse de la cosmología vigente.El primero en pensarlo fue Luciano de Samosata, del cual sabemos muy poco. Pudo haber sido sirio o fenicio, aunque algunos lo dan por ateniense. Al parecer vivió en la segunda mitad del siglo I de nuestra era, un período muy poco apto para cualquier especulación astronómica. Por esos años Claudio Tolomeo consagró la visión geocéntrica del mundo, que dominaría el siguiente milenio.Después del auge de la ciencia griega de Euclides y Arquímedes, en el Imperio se había impuesto una suerte de religión astrológica que vetaba ocuparse de los cuerpos celestes para otra cosa que no fuera escrutar el destino.Sólo a un escéptico reconocido como Luciano se le toleraba que escribiese sobre algo tan disparatado como un viaje a la Luna. El mismo tomaba sus recaudos, porque presentaba a su Historia verdadera como un entretenimiento sin pretensiones. Si había tantos viajeros mentirosos, él también podía merecer la tolerancia del lector.El viaje comenzaba en el mar. Luciano y sus amigos salían de las Columnas de Hércules (Gibraltar) rumbo al Mar de Occidente (el Atlántico). Eran nada menos que los precursores de Colón, y sobre el final hasta hablaban de “llegar al otro Continente”.En lugar de descubrir América, los griegos pronto eran arrebatados por un tornado que los llevaba por los aires y veían acercarse la Luna como una isla resplandeciente.Las distancias de Luciano eran modestas hasta para el sistema geocéntrico. La Luna estaba a 3 mil estadios de altura (570 kilómetros), lo que para nosotros sería la exósfera, una distancia insuficiente para mantenerla en órbita.Recién alunizados, eran llevados ante el rey Endimión, que resultaba ser otro terrestre que había llegado con un tornado anterior. Los selenitas (Luciano fue el primero en llamarlos así) les explicaban que la Tierra es su Luna, y les mostraban en un espejo mágico imágenes “satelitales” de nuestro planeta.Los lunares son hermafroditas, se visten de bronce y cristal, brindan con aire exprimido y al morir se evaporan. Al llegar la comitiva de Luciano, están empeñados en guerra con los habitantes del Sol, con quienes disputan una colonia en Venus. Se lucha con pulgas, hormigas y arañas gigantes, y hasta hay paracaidistas. Por fin, las tropas solares de Faetón levantan un muro de espesas nubes que arroja la sombra sobre los selenitas, forzándolos a rendirse. Era algo que hoy cualquiera llamaría ciencia ficción, aunque entonces era un poco prematuro.EL SUEÑO DE KEPLERQuien retomó la posta de Luciano fue nada menos que Kepler, uno de los fundadores de la ciencia moderna. Curiosamente, su Sueño astronómico (1630), un relato que no llegó a ver publicado, partía de una propuesta política. Kepler lo ofrecía como una guía para aquellos que quisieran marcharse a la Luna, hartos de las guerras de religión. El astrónomo había sufrido la intolerancia en carne propia, y había visto a su madre a punto de ser quemada como bruja.El Sueño es la historia de su alter ego Duracotus, nacido en Islandia. Su madre lo vende a unos marineros, que lo ponen en manos de Tycho Brahe (el maestro de Kepler) y gracias a eso puede tener una formación científica. Cuando Duracotus vuelve a sus pagos descubre que su madre, la bruja Fiolxhilda, sabe más que todos los astrónomos porque tiene tratos con un demonio lunar.La Luna de Kepler se llama Levania y está a una distancia de cincuenta mil leguas alemanas, algo que se acerca bastante a la astronomía moderna.Claro está que el viaje es posible sólo si uno logra hacerse transportar por algún demonio, y siempre que sea durante un eclipse. Con todo, la mente científica de Kepler prevalece cuando recomienda a sus astronautas consumir opio para resistir la aceleración o describe sus cuerpos en caída libre, en cuanto “la atracción magnética (sic) de la Tierra y la Luna se equilibran”.Recordando a Luciano, Kepler llama “endimionidas” a sus lunares, pero los pone en un contexto más realista al distinguir entre los que habitan la cara visible y los de la oculta. Los primeros son los subvolvani (Volva es la Tierra, porque da vueltas). No los vemos desde aquí porque viven en el subsuelo, y apenas alcanzamos a apreciar las murallas que levantan para protegerse del Sol: son los cráteres. Tienen cuerpo de serpiente; los rayos solares los achicharran, pero renacen en la sombra.En cambio, los prevolvani, habitantes de la cara oculta, son nómades, porque deben desplazarse conforme a un clima que alterna noches heladas de nieve y viento con días de calor abrasador.Todo esto resultaba bastante ingenioso para una época en la cual ya existían los telescopios. Kepler no era muy adicto a ellos, pero no dejaba de valorar la obra de Galileo, y las fantasías comenzaban a acotarse.EL SECRETARIO FONTENELLEEn el siglo XVII no había muchos que llegaran a vivir cien años, pero Bernard Bouvier de Fontenelle lo consiguió. Durante la mayor parte de su vida fue el secretario de la Academia de Ciencias francesa, lo cual le permitió convertirse en uno de los primeros divulgadores científicos y un decidido best-seller. Sus Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (1686) tuvieron un número increíble de ediciones y traducciones a todas las lenguas europeas.En uno de sus ficticios diálogos con una marquesa y sus damas, que por lo general se limitan a proferir exclamaciones, asegura que “la Luna es una Tierra habitada”. También da un paso audaz, si pensamos que la única nave aérea de su época era el globo de aire caliente, cuando anuncia que “el arte de volar apenas ha nacido, pronto se perfeccionará, y algún día viajaremos a la Luna”.Fontenelle no se limita a eso; piensa que bien podrían ser los selenitas quienes vinieran a la Tierra. Imagina una suerte de Roswell estilo rococó. Si una nave lunar se estrellara, digamos, en Fontainebleau, nos permitiría “estudiar con toda comodidad las extraordinarias formas” de sus tripulantes, opina la marquesa.El secretario le replica que si los extraterrestres son tan hábiles para navegar por el espacio, también podrían ser ellos quienes “nos pescaran como a peces”. La marquesa se ríe e, imaginándose vaya uno a saber qué, confiesa que “se arrojaría en sus redes sólo para tener el placer de conocerlos”.VERNE Y WELLSEl sueño de Fontenelle comienza a tomar forma cuando Julio Verne planea la expedición de su Viaje a la Luna (1865), que se completa con Alrededor de la Luna (1869). Fiel a los principios positivistas, Verne procura no apartarse demasiado de los conocimientos científicos de su tiempo. Por eso mete a sus pasajeros en una bala y los dispara con un cañón Columbiad, apenas más grande que los que se habían usado en la Guerra de Secesión norteamericana.Claro que no repara en que aun para la ciencia de entonces la aceleración de la bala hubiera hecho puré a sus viajeros. Tampoco se atreve a hacerlos descender en nuestro satélite, para no tener que pronunciarse sobre el tema de los selenitas. Sus viajeros dan la vuelta a la Luna, y descienden en el Pacífico, como los astronautas del siglo XX. Pero no logran traer ni una piedra lunar, lo cual no deja de despertar sospechas.El gran rival de Verne es H. G. Wells. Mucho menos riguroso que Verne, quien jamás se hubiera atrevido a imaginar un hombre invisible o una máquina del tiempo, no usa un cañón ni un cohete, sino algo tan hipotético como la antigravedad.En Los primeros en la Luna (1901), gracias a una sustancia sintética que neutraliza la atracción gravitatoria, el sabio Cavor y su vecino viajan a un mundo bastante similar al de Luciano y Kepler, aderezado con hipótesis más aceptables para la ciencia de fines del siglo XIX.Para entonces, con los telescopios modernos, era evidente que si hubiese vida o artefactos de alguna especie inteligente en la superficie lunar, ya los hubiéramos visto. Wells se mantiene fiel a Kepler y esconde a los selenitas bajo el suelo, permitiéndoles salir sólo en las sombras. Hasta se las ingenia para que el aire, congelado en el área oscura, se evapore al sol y permita respirar sin escafandra.Wells aprovecha para diseñar una suerte de utopía: una sociedad de insectos súper especializados para funciones específicas, que dependen de una suerte de cerebro maestro, el cual no es más que la versión moderna de Endimión.La tradición que viene de Luciano termina en Wells, aunque por un tiempo más la atmósfera lunar se negó a desaparecer. En el clásico La mujer en la Luna (1929), para el cual Fritz Lang se hizo asesorar por Herman Oberth, hay aire y agua, pero están en la cara oculta. En una película soviética de 1935 (El viaje cósmico, de Zhuravlev) los astronautas de la nave José Stalin andan en escafandra, y se llaman a los gritos, a pesar de contar con el asesoramiento de Ziolkovski. Pero todavía son capaces de encontrar aire congelado, que les permite sobrevivir y regresar. El aire nunca apareció, pero el agua acaba de ser encontrada, y todavía nadie ha empezado a dudar de su autenticidad.

martes, 15 de septiembre de 2009

El hombre y el sábado

Para ser ateo, Jorge Luis Borges era buen teólogo, o conocía a cierta estirpe medieval de teólogos. Es bueno recordar de tanto en tanto a un clásico del cuento fantástico.


El evangelio según Marcos

[Cuento. Texto completo]
Jorge Luis Borges


El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.
El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.
Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.
A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.
Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.
En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.
Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.
Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.
Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.
Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.
Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.
El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.
El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:
-Sí. Para salvar a todos del infierno.
Gutre le dijo entonces:
-¿Qué es el infierno?
-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.
-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?
-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.
Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:
-Las aguas están bajas. Ya falta poco.
-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.
Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

FIN