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sábado, 30 de enero de 2010

El legado de Howard Zinn


El autor de La otra historia de EU era articulista de La Jornada
Fallece el académico y dramaturgo Howard Zinn a los 87 años de un infarto

David Brooks
Corresponsal
Periódico La Jornada
Jueves 28 de enero de 2010, p. 21
Nueva York, 27 de enero. Howard Zinn, el historiador que narró la otra historia de Estados Unidos, desde el punto de vista de los de abajo, a lo largo de su carrera, falleció este miércoles a los 87 años de edad.
Autor de varios libros, entre ellos el texto de historia más vendido, La otra historia de Estados Unidos (A People’s History of the United States), ponente, articulista, dramaturgo (Marx en Soho y una obra sobre Emma Goldman) y colaborador de La Jornada, era profesor emérito de historia en la Universidad de Boston.
Una de las voces independientes de izquierda, fue uno de los intelectuales más admirados por veteranos de las luchas sociales de la posguerra como por jóvenes, por su vida de praxis: era pensamiento y acción. El problema no es la desobediencia civil, sino la obediencia civil, afirmó en un discurso en Baltimore en los años 60, durante un acto al cual acudió en lugar de presentarse ante un juez para ser sentenciado por sus acciones contra la guerra en Vietnam; después, cuando regresó a la Universidad de Boston, un par de policías lo esperaban para arrestarlo.
Veterano de la Segunda Guerra Mundial, donde participó en los bombardeos aéreos contra Alemania, Zinn regresó después del conflicto para ver la destrucción que se cometió desde 30 mil pies de altura. Al ver Dresden y otras ciudades, decidió que para siempre, sin excepción, tenía que oponerse a la guerra. Colocó sus medallas y documentos que recibió por su servicio militar en un sobre, lo cerró y lo rotuló nunca más, refirió Ap.
Nació en Nueva York en 1922, hijo de inmigrantes judíos que vivieron en una colonia de clase trabajadora en Brooklyn. Se educó en la Universidad de Nueva York y en la Universidad de Columbia, donde recibió su doctorado en historia. En 1956 se le ofreció una plaza en Spelman College, una universidad para mujeres afroestadunidenses, en lo que era entonces la ciudad racialmente segregada de Atlanta.
Ahí participó en los inicios del movimiento de derechos civiles, alentado a sus estudiantes a participar en él. Una de ellas era Alice Walker, autora de El color púrpura, quien se hizo amiga de toda la vida de Zinn. Despedido de Spelman por insubordinación, Zinn fue contratado como profesor por la Universidad de Boston, donde continuó su activismo, tanto en el movimiento de derechos civiles como contra la guerra en Vietnam (uno de los primeros intelectuales estadunidenses en hacerlo).
Se jubiló en 1988 y pasó su último día apoyando una huelga de enfermeras, pero nunca dejó de trabajar, y gozar, en la desobediencia al poder, a la imposición, a la guerra y al imperialismo. En numerosas entrevistas con La Jornada, donde también contribuyó con decenas de artículos a lo largo de los últimos años, este ser digno, humano y modesto nunca perdió el optimismo sobre la capacidad del ser humano para rescatar a la humanidad con la rebelión ante la opresión de todo tipo.
Preguntado porqué en Estados Unidos había tan pocas señales de un movimiento masivo progresista en la era de George W. Bush, respondió que había más vitalidad y expresión progresista que en los años 60, pero estaba fragmentada y más aislada de sí misma, aunque presente en casi todas las esquinas.
Recordó que los intelectuales izquierdistas lamentaban lo mismo en los 50 del macartismo, pero que en esos mismo momentos jóvenes en varios pueblos del sur del país realizaban los primeros actos de desobediencia civil contra la segregación racial, la que estallaría poco después en el gran movimiento de derechos civiles. Eso, seguramente, está ocurriendo ahora. Eso es lo que uno aprende de la historia, esas sorpresas que solamente se perciben después.
En lo que tal vez fue su última aportación a un medio, Zinn escribió unos párrafos para The Nation sobre el primer año de Barack Obama. No me ha decepcionado terriblemente porque no esperaba mucho de él. Esperaba que fuera un presidente demócrata tradicional. En política exterior, eso es poco diferente a un republicano: nacionalista, expansionista, imperial y bélico. La gente está apantallada por la retórica de Obama, y creo que ya debería empezar a entender que será un presidente mediocre, lo cual significa, en estos tiempos, un mandatario peligroso, a menos que se presente un movimiento nacional para empujarlo en una dirección mejor, escribió Zinn.
Entre sus admiradores estadunidenses están Bruce Springsteen (el historiador influyó, se dice, en algunas de sus canciones) y fue amigo de Matt Damon, quien incluyó una famosa referencia a su texto de historia en el guión de la película Good Will Hunting, donde su personaje le recomienda el libro a su sicólogo (Robin Williams). Pero desde los jóvenes de las batallas por la justicia global en Seattle hasta los veteranos activistas, Zinn siempre fue referencia.
Recientemente había realizado un teatro de lecturas en voz alta con diversos actores y músicos reconocidos (Tim Robbins, Damon, Springsteen), y otros de discursos, canciones, versos, cartas y más sobre figuras históricas, algunas famosas otras no, que reflejan la historia desde debajo de este país. Un documental sobre lo anterior fue grabado y trasmitido por el History Channel el mes pasado, y el video estará pronto a la venta. Los textos forman parte de Voices of a People’s History of the United States, un volumen de los materiales primarios que utilizó para su famoso texto de historia.
Zinn murió de un infarto mientras estaba de viaje en California. Su esposa falleció en 2008, con la cual tuvo dos hijos. El historiador seguirá vivo a través de los desobedientes que siempre celebró.


La obra del recién fallecido intelectual de EU, para invitar al pueblo a hacer historia
Rescatar las incontables pequeñas acciones de gente desconocida, la labor de Howard Zinn
Activista por la paz y la justicia social, escribió al menos 20 libros e incontables artículos y ensayos

Imagen de archivo del historiador desobediente durante una entrevista con La Jornada Foto David Brooks

David Brooks
Corresponsal/II y última
Periódico La Jornada

Sábado 30 de enero de 2010, p. 17
Nueva York, 29 de enero. Howard Zinn, historiador desobediente, obrero, veterano de guerra, intelectual disidente y participante en las luchas sociales estadunidenses e internacionales por la paz y la justicia social, además de colaborador de La Jornada, escribió al menos 20 libros y también incontables artículos, panfletos, ensayos y hasta obras de teatro, en donde abordó la historia desde abajo sobre los temas contemporáneos, pasando por asuntos como los artistas en tiempos de guerra hasta el anarquismo.
El intelectual, quien falleció esta semana a los 87 años, creó esta vasta obra con el propósito de invitar a sus alumnos y lectores a hacer historia, de participar en los cambios tan urgentes y necesarios para liberar al ser humano.
“Yo le decía a mis estudiantes, al inicio de mis clases: no puedes ser neutral en un tren en movimiento. Eso es el mundo y ya se está moviendo en ciertas direcciones, muchas de ellas aterradoras. Los niños están hambrientos, la gente se está muriendo en las guerras. Ser neutral ante tal situación es colaborar con todo este drama. La palabra ‘colaborador’ tenía un sentido mortal en la era nazi. Debería todavía tener ese significado”, escribió Zinn.
Aunque algunas de las luchas sociales se registran en la historia estadunidense aceptada con solamente los grandes eventos y líderes, Zinn decía que su objetivo como historiador era rescatar las incontables pequeñas acciones de gente desconocida que llevan a esos grandes momentos. Cuando entendemos esto, podemos ver que hasta las más pequeñas acciones de protesta en que participamos podrían convertirse en las raíces invisibles del cambio social.
Selección de su vasta obra
“Parto de la suposición de que el mundo está patas arriba, que las cosas están completamente mal, que las personas erróneas están en la cárcel y las personas erróneas están fuera de la cárcel, que las personas erróneas están en el poder y que las personas erróneas esta fuera del poder, de que la riqueza está distribuida en este país y en el mundo de tal manera que no se requiere alguna pequeña reforma sino una drástica redistribución de la riqueza… Y nuestro tema está patas arriba: la desobediencia civil. Tan pronto uno dice que el tema es la desobediencia civil, están diciendo que nuestro problema es la desobediencia civil. Ése no es nuestro problema… Nuestro problema es la obediencia civil… Nuestro problema es que la gente es obediente en todo el mundo ante la pobreza, la hambruna y la estupidez, y la guerra y la crueldad. Nuestro problema es que la gente es obediente cuando las cárceles están llenas de rateros pequeños mientras que los grandes rateros están a cargo del país. Ése es nuestro problema. (Discurso en un foro en Baltimore en 1970, al cual fue en lugar de presentarse ante un juez para ser sentenciado por un acto de desobediencia civil contra la guerra, y fue arrestado al regresar a Boston a dar su clase en la universidad)
Tener esperanza en tiempos difíciles no es sólo tontamente romántico. Está basado sobre el hecho de que la historia humana es una historia no sólo de crueldad, sino también de compasión, sacrificio, valentía, bondad. Lo que optemos por enfatizar en esta compleja historia determinará nuestras vidas. Si vemos sólo lo peor, eso destruye nuestra capacidad para actuar. Si recordamos esos tiempos y lugares, y hay muchos, donde la gente se ha comportado de manera magnífica, eso nos da la energía para actuar, y por lo menos la posibilidad de enviar este trompo de mundo a que gire en otra dirección. Y si actuamos, por más pequeña que sea la acción, no tenemos que esperar un gran futuro utópico. El futuro es una sucesión infinita de presentes, y vivir ahora tal como pensamos que deberían de vivir los seres humanos, en desafío de todo lo malo que nos rodea, es en sí un triunfo maravilloso. (You Can’t Be Neutral on a Moving Train, autobiografía del historiador y dramaturgo estadunidense)
El cambio revolucionario no llega como un momento cataclísmico (¡cuidado con tales momentos!), sino como una sucesión interminable de sorpresas, caminando de manera zigzagueante hacia una sociedad mas decente. No tenemos que participar en grandes acciones heroicas para participar en el proceso del cambio. Acciones pequeñas, multiplicadas por millones de personas, pueden transformar el mundo. (Autobiografía)
“La verdad es que el establishment depende mucho de la amnesia histórica, del hecho de que en este país la gente generalmente no conoce esta historia. No sólo no conoce lo que ocurrió a finales del siglo XIX o principios del XX; desconoce la historia de los últimos 15 o 20 años. Eso facilita que el gobierno diga al pueblo cosas que son inmediatamente aceptadas… Creo que es cierto que en América Latina y Europa los pueblos son más conscientes de la historia que el estadunidense.” (Entrevista con La Jornada).
“La palabra ‘anarquía’ perturba a la mayoría de la gente en el mundo occidental; sugiere desorden, violencia, incertidumbre. Tenemos buenas razones para tenerle miedo a estas condiciones, porque hemos estado viviendo en ellas por largo rato, no en sociedades anarquistas (nunca han existido), pero precisamente en esas sociedades más temerosas de la anarquía, los poderosos estados-nación de los tiempos modernos. En ningún momento en la historia humana ha existido tal caos social… Son estas condiciones las que los anarquistas desean anular, para traer un tipo de orden al mundo por primera vez.” (El arte de revolución, 1971, introducción al libro de Herbert Read Anarchy and Order)
El anarquista ve el cambio revolucionario como algo inmediato, algo que tenemos que hacer ahora mismo, donde estamos, donde vivimos, donde trabajamos. Implica empezar desde ahora mismo a deshacerse de las relaciones autoritarias y crueles, entre hombres y mujeres, entre padre e hijos, entre un tipo de trabajador y otro tipo. Tal acción revolucionaria no puede ser aplastada como una insurgencia armada. Ocurre en la vida cotidiana, en las esquinitas donde las manos poderosas pero torpes del poder estatal no pueden fácilmente alcanzar. No está centralizada o aislada, y por lo tanto no puede ser destruida por los ricos, la policía, los militares. Ocurre en 100 mil lugares al mismo tiempo, en familias, en las calles, en los barrios, en los lugares de trabajo. Suprimida en un lugar, reaparece en otro hasta que está en todas partes. Tal revolución es un arte. Eso es, requiere la valentía no sólo de la resistencia, sino de la imaginación. (El arte de revolución)
Hay un poder que se puede crear de la indignación acumulada, de la valentía, y la inspiración de una causa común, y si suficientes personas ponen sus mentes y sus cuerpos con esa causa, pueden ganar. Es un fenómeno registrado una y otra vez en la historia de los movimientos populares contra la injusticia por todo el mundo. (Autobiografía)
Si la izquierda va a tener fuerza, no creo que se dé en el campo electoral, sino que surgirá en las calles, básicamente como siempre ha sucedido en Estados Unidos. La izquierda estadunidense nunca ha logrado hacer mucho en la arena electoral, solamente ha logrado algo cuando genera conmoción nacional que ejerce presión contra quien esté en el poder, demócrata o republicano. (Entrevista con La Jornada)
Pero no creer en la posibilidad del cambio dramático es olvidar que las cosas han cambiado, no lo suficiente por supuesto, pero lo suficiente para demostrar lo que es posible. Nos hemos sorprendido antes en la historia. Podemos ser sorprendidos de nuevo. De hecho, podemos hacer la sorpresa. (Autobiografía).

AL, historia de la filosofía

El investigador y varios expertos documentan en un libro siete siglos de esa disciplina en AL
Por primera vez, la historia de la filosofía será mundial, afirma Enrique Dussel
A quienes aseveran que la región carece de pensamiento, que me refuten, pide el estudioso
En 20 o 30 años empezará un diálogo multicultural, no sólo con Kant, Hegel y Heidegger

Arturo García Hernández
Periódico La Jornada
Sábado 30 de enero de 2010, p. 5

El filósofo Enrique Dussel y un equipo internacional de especialistas acaban de publicar un libro que se espera que sea un parteaguas en la historia de las ideas en América Latina y que tendrá repercusión en todo el mundo. Se trata de El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y latino, que documenta siete siglos de filosofía en la región, del año 1300 al 2000.
“Muchos han dicho –habla Dussel en entrevista– que no hay filosofía en América Latina. Ahora con este libro yo les digo: refútenme esto, aquí hay tesis duras y probadas, escriban otro librito así (más de mil 100 páginas) para decirme que no la hay.”
El volumen, publicado por Siglo XXI, está dividido en cuatro partes: Historia, Corrientes, Temas y Filósofos. En la edición del proyecto Dussel contó con la colaboración de Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez; asimismo participaron los comités de Honor y Editor, integrados por especialistas de distintos países.
La primera parte empieza con “el pensamiento amerindio de los pueblos originarios, que es una de las novedades, porque cuando unos dicen que no hay filosofía, lo cual es un problema a debatir, yo les digo que hay grandes pensadores, hombres que aman la sabiduría, cumplen con la etimología en un sentido amplio.
Después tenemos grandes periodos en la época colonial, como la reacción ante la conquista, que es muy poco estudiada.
Un ejemplo que entusiasma al autor de Método para una filosofía de la liberación es el jesuita Antonio Rubio, un gran comentarista de Aristóteles, autor del libro Lógica mexicana, quien entre los siglos XVI y XVII tuvo gran reconocimiento en Europa: hizo escolástica moderna de muy alto nivel, fue profesor de la Universidad de México allá por 1590. Cuando Descartes entró al colegio jesuita Le Fleche, estudió su curso de lógica en Rubio, un filósofo mexicano.
Otro periodo registrado en la primera parte es la filosofía ante la edad madura, que comprende los siglos XVIII y XIX.
La segunda parte del volumen está dedicada a las corrientes filosóficas del siglo XX, 16 en total, entre los que Dussel destaca a los antipositivistas, los fenomenológicos, la filosofía cristiana, filosofía de la ciencia, filosofía analítica, filosofía de la revolución y marxista: “parto desde Martí, incluyo a los grandes marxistas, desde Mariátegui hasta Sánchez Vázquez.
Y no faltan el Che Guevara, el subcomandante Marcos y Evo Morales: Les va a dar el patatús a algunos, pero ellos también son grandes pensadores políticos y han hecho algún aporte.
Dussel alude así a los filósofos abstractos, quienes “dicen que la filosofía es lógica y no tiene nada que ver con la política; estudian a Hegel, Kant, Marx y los comentan, pero yo pienso que puedo estudiar a Hegel, Kant y Marx como un instrumento para pensar la realidad estética, política, antropológica, la que sea.
Yo tenía un maestro que decía: la filosofía no estudia a la filosofía, estudia la realidad, estudia la filosofía como instrumento pero no se queda en el método. Si yo tengo un cuchillo para cortar carne tengo que afilarlo, ese es el método, pero algunos se pasan afilando el cuchillo hasta que se lo terminan y nunca cortan carne.
Y entre las corrientes filosóficas latinoamericanas del siglo XX, se incluye otra novedad: los filósofos latinos en Estados Unidos.
La tercera parte de El pensamiento filosófico latinoamericano… se refiere a los grandes temas abordados por los pensadores de la región: la ética, la estética, la ontología, la religión, la economía, la pedagogía, filosofía para niños, filosofía intercultural, entre otros.

Enrique Dussel, colaborador de La Jornada y editor del libro El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y latino (1300-2000), ayer, antes de la presentación del volumen en la UNAMFoto Roberto García Ortiz

La cuarta parte está integrada por fichas de 200 filósofos latinoamericanos de todas las corrientes, elaboradas por especialistas, sintéticas, con una breve bibliografía de cada autor. Es una información que no existe en otra parte.
Fue una tarea complicada escoger sólo 200, cuando en Brasil, por ejemplo, se puede hablar de 300 filósofos; en México y Argentina, de 200 en cada uno: Grandes filósofos, que tienen obra, no son improvisados.
Una de las primeras consecuencias de tan ambicioso proyecto de Dussel, será precisamente propiciar el conocimiento mutuo entre filósofos de la región, porque actualmente sucede que aquí no se conoce nada de Brasil, ni allá de México o Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Centroamérica y el Caribe.

Por una visión de conjunto
Hace 40 años surgió en Enrique Dussel la idea de contar esta historia: No teníamos una visión de conjunto de nuestro pensamiento filosófico, de lo que se ha pensado en el continente; los estudiantes piensan que la filosofía es europea o estadunidense, ahora se van a dar cuenta de que siempre ha habido autores que desconocen y de los que hay que hacerse cargo.
El entrevistado sostiene: Estamos en una nueva edad de la historia de la filosofía. Por primera vez esa historia va a ser mundial, y en 20 o 30 años vamos a empezar a conocer a todos los grandes filósofos de todas las culturas, va a empezar un diálogo multicultural en el que no van a estar sólo Kant, Hegel y Heidegger, sino que vamos a empezar a conocer a los grandes filósofos japoneses, chinos, africanos, y vamos a darles igual dignidad a todos.
En ese sentido, El pensamiento filosófico latinoamericano… es para decirles a los latinoamericanos: nosotros también tenemos que entrarle a ese diálogo y esta es nuestra biografía.
Según el profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana, el impacto a escala mundial será mayor cuando aparezca la edición en inglés –actualmente en preparación– entonces, los africanos, los asiáticos, los europeos, van a poder leerlo y dirán: así que los latinoamericanos tenían una filosofía; va a ser un cañonazo.
Esto respaldará a los filósofos latinoamericanos como interlocutores de los estadunidenses y los europeos. Ilustra la afirmación con una anécdota: en octubre pasado fue invitado, junto con Eduardo Hurtado, a un diálogo con filósofos estadunidenses. Dussel les dijo: “Para dialogar entre nosotros, tenemos que conocernos; nosotros los conocemos a ustedes, pero ustedes no nos conocen a nosotros.
Me dediqué hora y media a hablar de la filosofía en Latinoamérica antes y después de la llegada de los Pilgrims (primeros colonizadores ingleses en llegar a lo que hoy es Estados Unidos).
Ignoraban eso, subraya el entrevistado, como ignoran que la primera universidad construida en el continente no es la de Harvard, sino la de Santo Domingo.
Al final del diálogo, un filósofo, profesor universitario, viejo como yo, se acercó y me dijo: hoy he aprendido muchísimo. Yo sabía que le había hecho un hueco. Entonces hay que decirles, sí, de acuerdo, somos pobres, pero en cuestión de cultura vamos a ver.

Presentaron en la UNAM el volumen con las tesis de pensadores del subcontinente
Deplora el académico el desdén en Estados Unidos por el pensamiento latinoamericano

Arturo García Hernández
Periódico La Jornada
Sábado 30 de enero de 2010, p. 5
Nezahualcóyotl, el rey poeta de Texcoco, escribió textos tan hermosos y profundos como lo hicieron Parménides o Heráclito. Si a éstos se les da el estatuto de filósofos, Nezahualcóyotl ciertamente fue un filósofo. Si etimológicamente la filosofía es amor a la sabiduría, Nezahualcóyotl amaba la sabiduría. Decir que filosofía sólo es la que se hizo en Grecia, e ignorar a la china, indostánica o latinoamericana es de un eurocentrismo inaceptable.
El filósofo Enrique Dussel sostuvo lo anterior durante la presentación del libro El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y latino (1300-2000), la tarde la jueves, como parte las actividades estelares del 15 Congreso Internacional de Filosofía que efectuó en la Coordinación de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Luego de hacer una descripción del contenido de la obra, que contó con la participación de cien autores, Dussel habló de la importancia de elaborar una historia de la filosofía en Latinoamérica para contrarrestar la ignorancia que de ella se tiene en las metrópolis.
Contó el caso de Randal Collins, autor estadunidense de una obra muy hermosa que habla de la filosofía china, indostana, árabe, pero no dedica ni una línea a la de América Latina; Cuando presentó el libro en Chicago, un alumno nuestro que estaba ahí le preguntó por qué no había puesto nada de América Latina, aquel hombre que tiene miles de fichas dijo: ¿hay filosofía en América Latina?
Ahora que se publicó El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y latino (1300-200), Dussel le escribió: Le dije, hemos escrito un libro para llenar el vacío de su libro y me contestó: enviémelo.
También expuso que el índice de la obra le fue presentado para a una editorial estadunidense para su publicación en inglés, pero ésta lo rechazó. No obstante, aseguró, acaba de publicar un libro con el mismo índice que le entregamos, pero con autores diferentes.
En la presentación también participó Eduardo Mendieta, filósofo estadunidense, colaborador de Dussel, junto a Carmen Bohórquez, en la edición del volumen.
En respaldo de los testimonios de Dussel sobre la ignorancia y menosprecio que hay en Estados Unidos hacia el pensamiento latinoamericano, Mendieta relató las dificultades que enfrentó para abordar la filosofía latinoamericana en ámbitos académicos estadunidenses, donde no le fue permitido hacer su tesis sobre el tema.
No obstante, reconoció que eso ha empezado a cambiar y hay un interés creciente sobre el particular.

Autor de La visión de los vencidos, doctor honoris causa en la Complutense

El historiador fue investido con el doctorado honoris causa de la Universidad Complutense
Reclama León-Portilla en España respeto a los pueblos autóctonos
Esas comunidades “participaron en la Independencia y la Revolución mexicanas”
Sin la obra de este universitario ejemplar, Mesoamérica no se entendería, dice el rector de la UNAM


Armando G. Tejeda

Corresponsal
Periódico La Jornada
Sábado 30 de enero de 2010, p. 3
Madrid, 29 de enero. Miguel León-Portilla, hombre clave en la academia mexicana e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) que ha cosechado elogios por su trabajo, el antropólogo que se sabe heredero de la tradición de De las Casas, fue investido hoy con el doctorado honoris causa de la Universidad Complutense, de Madrid.
El autor de Visión de los vencidos no sólo habló de cuestiones académicas, como la vitalidad de la literatura indígena, la riqueza del náhuatl y la aportación filosófica de la civilización precolombina, también insistió en que, a casi 200 años de la creación del Estado mexicano, todavía queda pendiente “atender los requerimientos de los pueblos indígenas”.
En el paraninfo de la casa de estudios, León-Portilla fue situado como uno de los grandes pensadores del siglo XX y relevante estudioso de los pueblos indígenas de México y América Latina.
En la sesión solemne se dijo que León-Portilla “ha sido un visionario” y un “hombre entregado a su labor” de desenterrar el pasado olvidado de los pueblos indios, pero también a descifrar algunos de los muchos enigmas que todavía guardan esas civilizaciones.
A sus casi 84 años, mantiene intacto su interés por todo lo que se refiere al origen de México, desde la cadencia y los sonidos de las lenguas de los pueblos originarios hasta los recuerdos más atroces del “descubrimiento” y que él se empeña en que se defina con mayor rigor y se le llame “encuentro de dos culturas”.
Requerimientos de 200 años
León-Portilla recibió un honoris causa que lo emociona, ya que sus estudios tienen relación indirecta con la Complutense, pues su compañera es egresada de esa universidad.
El también filósofo y filólogo tuvo palabras para su alma mater, la UNAM, a la que tanto ha dado –53 años, asistiendo a diario a sus clases y a su cubículo desde el que investiga, traduce y escribe– y la que tanto prestigio y reconocimientos le ha conferido.
Expresó palabras emocionadas para todos aquellos “maestros del exilio español”, que llegaron a México huyendo de la dictadura y dejaron “un legado” que todavía persiste.
Miguel León-Portilla hizo una encendida defensa de la academia española, de tantos historiadores, lingüistas, antropólogos y “humanistas en definitiva” que le han enseñado con su cátedra, sus textos y sus hallazgos intelectuales. Pero también a todos aquellos españoles que lucharon y luchan por la defensa de los pueblos indios de México y de América, como fray Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Vasco de Quiroga y fray Bernardino de Sahagún, cuya obra significó tanto para su evolución intelectual.
León-Portilla ofreció un hallazgo intelectual reciente: la participación y aportación de los pueblos indígenas en los movimientos emancipadores de hace 200 años –el que dio origen a la Independencia– y de hace cien –que dio paso a la Revolución.
“Los pueblos indios tuvieron una participación muy importante en la Independencia y la Revolución; hubo caudillos y centenares de miles ofrecieron sus vidas. Pero, ¿qué sacaron de esto? Poco. Incluso digo más. Quizá fue cuando empezó a empeorar su situación, porque su presencia jurídica que existía en aquel momento se borró. Se decretó que los indios no existían más en México”, señaló el académico, e insistió en que, en medio de tanta efeméride, lo que en realidad “hay que hacer es atender los requerimientos de los pueblos indígenas, que 200 años después siguen intactos”.
En la ceremonia participó el rector de la UNAM, José Narro, quien resaltó que León-Portilla es un “universitario ejemplar, un intelectual de altos vuelos y un investigador mexicano destacado en el mundo sin cuya obra sería imposible entender la civilización que representa Mesoamérica”.

Humanismo: paz y verdad

Larga vida a Kenzaburo

Por Juan Forn
El artículo noveno de la Constitución japonesa es único en el mundo: estipula que Japón no puede tener fuerzas armadas. Como bien se sabe, esa Constitución fue redactada después de la rendición de Hirohito en 1945, momento en el que “era un imperativo moral para el Japón demostrar que renunciaba para siempre a la guerra”, según las famosas palabras que pronunció Kenzaburo Oé cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1994. Por eso cada vez que la comunidad internacional “sugirió” en los últimos tiempos a Japón que debía ofrecer efectivos militares a las brigadas internacionales cuya presunta función es “preservar” o “restaurar” la paz en el mundo, Oé alzó su voz en contra. Y cuando la derecha japonesa intentó ampararse en esas presiones de Occidente para derogar el Artículo 9, Oé creó una asociación en defensa de ese artículo de la Constitución. Aunque sólo logró siete mil firmas de apoyo, cifra más que exigua en Japón (baste mencionar que cada libro de Oé que se publica allí tiene una tirada inicial cinco veces superior, y eso que Oé no es precisamente un autor de éxito en su país), eso no ha impedido que la derecha japonesa pusiera en marcha una sonada causa judicial contra él, en la que según ellos está en juego el honor militar de la nación, mancillado por Oé en su libro Notas de Okinawa, de 1970.
Oé ha declarado famosa y repetidamente (la última vez ante al tribunal de Osaka que lleva la causa contra él): “Mi vida está marcada por tres eventos: el nacimiento de mi hijo con daños mentales permanentes en 1963, el viaje que hice a Hiroshima al año siguiente y el que hice a Okinawa dos años después. Todo mi trabajo intelectual se sostiene en esos tres pilares. Y me enorgullece que el resultado literario de esas tres experiencias, la novela Una cuestión personal y los ensayos Notas de Hiro-shima y Notas de Okinawa, pudieran publicarse y puedan leerse hasta hoy en mi país tal como los escribí”. Ríos de tinta han corrido en el mundo sobre el modo en que Oé escribió sobre su hijo en Una cuestión personal. Mucho menos se sabe sobre los dos ensayos (de hecho, ni siquiera están traducidos a nuestro idioma). En el libro sobre Hiroshima, Oé hacía foco en la traumática manera en que Japón lidiaba con los sobrevivientes de la bomba atómica. En el de Okinawa, trataba una materia aun más volátil: la manera en que su país recordaba los “suicidios en masa” de civiles en las islas okinawenses, ante la llegada de las tropas norteamericanas, cerca del fin de la guerra.
Oé había descubierto con horror, al visitar en 1965 el templo en honor a las víctimas en Yasukuni, que se las honraba como combatientes de guerra (aunque la mayoría de las setecientas víctimas eran no sólo civiles sino mujeres, ancianos y niños). Lo ocurrido en aquellas abominables jornadas de 1945 fue que las tropas imperiales, en su repliegue, ordenaban a los civiles de cada aldea que se suicidaran antes de caer en manos del invasor, en algunos casos entregándoles granadas de mano, en otros obligando a los jefes de aldea a arrear a la población hasta los acantilados para que se arrojaran todos al vacío. Oé sostenía en su libro que era una falacia moral llamar “suicidios en masa” a aquellas muertes inducidas y que era indispensable para la memoria colectiva japonesa que no se callara lo que había ocurrido realmente. Siguiendo al libro de Oé y al monumental trabajo del historiador Saburo Ienaga (La Guerra del Pacífico), los manuales de historia que utilizan los estudiantes japoneses desde 1970 se refieren al episodio como “los suicidios en masa inducidos por el ejército imperial”. Así se mantuvieron las cosas hasta que en el año 2004, los descendientes de uno de los comandantes militares de Okinawa durante la guerra se presentaron en los tribunales japoneses y, amparándose en un libro de 1973 de la historiadora revisionista Ayako Sono (La historia detrás de un mito), exigieron que se retiraran inmediatamente de circulación en todo Japón esos manuales de historia y que Oé les pagara 200 mil dólares en resarcimiento por las calumnias que contenía su libro sobre Okinawa.
Asombrosamente, el poderoso equipo legal armado para sustentar el reclamo, compuesto por conspicuos personajes de la derecha y del lobby promilitar japoneses, fundamentó la causa en un párrafo del libro de Sono en el que, malinterpretando arteramente palabras de Oé, sostenía que éste acusaba de genocidio al comandante Akamatsu. En realidad, Oé se había cuidado bien de dar nombres en su libro: según él, no se trataba (en 1970, veinticinco años después de los hechos) de hacer condenas individuales sino de lograr que el pueblo japonés entendiera cabalmente que el espíritu militarista que había regido al país era una aberración que no debía repetirse jamás. Dos episodios inquietantes parecieron anticipar una derrota judicial de Oé: el diario conservador Yomiuri Shinbun reprodujo en primera plana unas declaraciones hechas en el estrado por la historiadora Sono (en realidad se había limitado a leer un párrafo de su libro de 1973, donde decía: “Lo que encuentro incomprensible es por qué, tanto tiempo después de la guerra, el señor Oé insiste en cuestionar la pureza del gesto de todas esas personas que eligieron morir por la patria y pretende hacernos creer que fue un acto realizado a la fuerza”); acto seguido, el Ministerio de Educación decidió de motu proprio retirar de currícula aquellos manuales de historia que mencionaban “los suicidios en masa inducidos por el ejército imperial”.
Para sorpresa y alivio de muchos, cuando finalmente se conoció el fallo del tribunal de Osaka fue favorable a Oé: se desestimó la demanda y se ordenó que aquellos manuales volvieran a integrar la currícula de las escuelas japonesas (lo que generó que más de cien mil personas salieran a festejar por las calles de Okinawa, la mayor manifestación de su historia). Los litigantes, sin embargo, han logrado que se les conceda una apelación y el proceso, que ya lleva seis años, se prolongará cuanto menos por tres años más. Oé, quien cumplirá los setenta y cinco este domingo 31 de enero, declaró que sólo le importa tener tiempo en este mundo para poder hacer dos cosas: una de ellas es llegar vivo al momento en que la Corte Suprema japonesa se expida sobre el caso; la otra es escribir una novela que cuente la historia del Japón moderno (desde que comenzó a manifestar sus primeros signos imperialistas de conquista hasta el derrumbe de la burbuja de bienestar económico en 1990). Con la siguiente salvedad: el narrador, el punto de vista de esa historia, será el de su hijo Hikari, el disminuido mental que logró aprender música gracias a su asombrosa capacidad para imitar el canto de los pájaros y cuyas piezas han sido ejecutadas por Rostropovich y Martha Argerich. Difícil imaginar un libro más valioso, y más difícil de tragar, para el Japón de hoy.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Historia, memorias en conflicto

ENTREVISTA CON DANIEL BRAUER, TITULAR DE FILOSOFIA DE LA HISTORIA E INVESTIGADOR DEL CONICET
Caminos históricos: la memoria y el olvido
¿La Historia, así con mayúscula, tiene un sentido? Y si lo tiene, ¿cuál es? ¿El que determinan factores tan elusivos como las memorias individuales y colectivas? ¿Qué es lo que nos dice la Filosofía de la Historia al respecto? Muchas preguntas, tal vez...

Por Leonardo Moledo
–Usted actualmente dirige un proyecto de investigación sobre la relación entre historia y memoria. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata?
–Bueno, en los últimos años ha habido un auge del tema de la memoria no sólo en la filosofía de la historia propiamente dicha, sino en la sociedad en general: la novela histórica, los films que tienen que ver con la reconstrucción del pasado, son sólo algunos ejemplos. Para la teoría tradicional de la historia también ha sido un desafío, porque la memoria trae al conocimiento del pasado una cuestión que no estaba muy presente en la historiografía clásica, en el sentido de que ésta tenía que ver con un discurso más anónimo, más apegado a los documentos. La memoria, mientras tanto, es otro tipo de acceso, que permite una comprensión diferente del pasado y que se complementa con la historia. El auge como fenómeno cultural tiene indudablemente que ver con el Holocausto, con el concepto de trauma, con todas estas cuestiones que han cuestionado la idea del progreso...
–La memoria individual en realidad es muy falible... La memoria social, ¿no es algo también de corto plazo? ¿Qué puede recordar una sociedad?
–Es un fenómeno muy complejo, porque entre esa memoria individual y la memoria colectiva hay una interacción. Lo que hay son ceremonias sociales del recuerdo. La noción de memoria está muy unida al concepto de identidad: todos los pueblos construyen su identidad a partir de una selección de acontecimientos, de hechos significativos que adquieren un carácter emblemático y que definen lo que uno es.
–Pero la memoria es selectiva. Decide qué guardar.
–No sólo eso: incluso hay memorias en conflicto. El historiador, por eso, trata de dar una imagen de la totalidad, aunque su discurso también puede ser sesgado. La memoria, desde el momento en que es selectiva, es conflictiva, lo cual no significa que todo sea relativo o que los hechos no hayan existido. Para eso es necesario contrastar distintos testimonios.
–¿Hasta dónde llega la memoria colectiva? ¿Qué puede recordar un colectivo de sujetos sobre Yrigoyen, por ejemplo?
–Prácticamente nada, salvo la gente muy mayor. Pero la memoria colectiva no es sólo una memoria directa, sino también legada por una generación anterior.
–Y desde el punto de vista metodológico: ¿cómo trabaja con la memoria?
–Bueno, yo soy filósofo: mi trabajo es puramente teórico y consiste en el análisis de textos, de teorías, de hipótesis. El material empírico también es la obra del historiador, y las preguntas que nos hacemos, por ejemplo, tienen que ver con la significación de términos como “objetividad” o “verdad” en Historia.
–A ver, a ver..., ¿qué son la objetividad o la verdad en Historia?
–Son temas polémicos. Existe una corriente muy fuerte de epistemología de la historiografía que se basa en el análisis del discurso del historiador, o sea, de las narraciones (porque los historiadores cuentan cosas). Esas narraciones muchas veces están vinculadas con géneros literarios específicos. Llevado esto a una posición extrema, se llega a un relativismo absoluto que le quita toda cientificidad. Yo trato de defender un punto de vista que tiene en cuenta la pretensión científica de la historia, pensando que un relato puede ser objetivo sin dejar de ser controversial y revisable.
–¿Qué controversias hay sobre la dictadura acá?
–En general, son controversias que tienen que ver con las formas de legitimación del poder. Sin duda, la dictadura es un referente central del discurso político actual. Esa época sirve como el momento al que no se debe volver, lo cual está muy bien expresado en la fórmula “Nunca más”. Pero también es cierto que todavía estamos lejos de haber elaborado históricamente lo que pasó en aquella época: tenemos discursos muy unilaterales. Habría que hacer un trabajo de memoria, en palabras de Freud...
–Yo creo que se está construyendo una imagen de la dictadura que empieza el 24 de marzo y que vino a romper un mundo idílico. Y eso no fue así. Había una situación predictatorial, con un gobierno civil que administraba las muertes... ¿Usted cree, como yo, que se está haciendo un recorte falso?
–Yo creo que la memoria hay que revisitarla y revisarla. Uno debe oponerse siempre a las llamadas “historias oficiales”, que se ofrecen como modos de legitimación de determinadas políticas. El trabajo del historiador es paradójico, porque si bien se ocupa del pasado, puede condicionar fuertemente el presente. Lo que yo creo es que la época de la dictadura aún no está bien elaborada y no se puede observar con la debida distancia crítica. La Historia, a diferencia de otras disciplinas, tiene un papel importantísimo en el ámbito del discurso público, y la revisión de la historia contemporánea es, por lo tanto, fundamental. Esto sonará a verdad de perogrullo, pero el trabajo de comprender el pasado es vital para definir el futuro.
–¿Y esta preocupación por la memoria es global o es propia de Argentina?
–Es global, es un tema muy actual en todos los campos.
–¿Por qué es tan actual?
–Es una pregunta difícil de contestar. Por un lado hay una desilusión con respecto a la esfera pública y, por lo tanto, un intento de rescatar la dimensión humana, personal, sentimental de lo que vivieron los protagonistas de determinados hechos. Hay un horror frente a lo acontecido: como paradigma de reflexión en torno de los acontecimientos del pasado, el Holocausto es central. Pareciera que, aunque estamos desorientados respecto de nuestro futuro, sabemos que hay ciertas cosas que no queremos que vuelvan a suceder...
–¿Quiénes no queremos que sucedan de nuevo esas cosas?
–Creo que hay una opinión pública formada a través de lecturas, de contemplación de obras de arte, con los museos de la memoria... Creo que es un fenómeno cultural abarcador: digamos que hay una visión actual que es compartida en el mundo. Es “lo que se piensa ahora”. De cualquier modo, no puedo explicarle contundentemente cómo es que surgió este “boom memorialista”.
–¿No tiene que ver con todos los horrores del siglo XX?
–Pero fíjese que surgió mucho tiempo después del Holocausto. Hasta los años ’60 el tema del Holocausto casi no figuraba, no se le da la importancia que se le da ahora (que se ha convertido en el acontecimiento del siglo).
–Usted trabaja con otra línea, que tiene que ver con la globalización, ¿no?
–Sí. Después de la crisis de la idea del progreso, se consideraba que toda pregunta acerca del sentido de la Historia formaba parte de una mala metafísica de la historia. Más aún después de la caída del Muro de Berlín; el marxismo había sido el gran heredero de la Ilustración, y la caída del Muro produjo un enorme escepticismo. Ya eran visibles, por supuesto, las consecuencias negativas de los regímenes proclamados marxistas...
–No fueron simplemente consecuencias negativas: hubo una masacre pavorosa.
–Exactamente. Ahí tenemos una visión de lo que aconteció que durante mucho tiempo se trató de tapar...
–Con bastante eficacia...
–Sí. Con mucha eficacia. Yo recuerdo que una vez llevé un libro sobre los crímenes de la Unión Soviética a la facultad y un alumno se acercó y me dijo: “No conviene traer esto acá, porque es hacerle el juego a la derecha”. Pero esas son cosas que, de cualquier manera, pasaron, y uno no puede darle vuelta la cara.
–Me decía lo de la mala fama que se había ganado el sentido de la historia...
–Sí, claro. Por eso los filósofos de la Historia dejaron de dedicarse a eso y empezaron a dedicarse a la explicitación de la metodología del trabajo de escritura histórica. El giro memorialista y el fenómeno de la globalización están conduciendo a algo unitario: el mundo se parece cada vez más en todos lados. Eso tiene consecuencias positivas y negativas.
–¿Existe la Historia? ¿Hay un ente, una fuerza real, existente, llamada Historia?
–La palabra Historia (con mayúscula) es una creación de la época de la Ilustración, hoy muy cuestionada. Esa visión fue muy criticada y, con el tiempo, volvió a hablarse de “historias”. El tema de la globalización vuelve a hacer plausible esa manera ilustrada de ver las cosas en la cual todo está encadenado a un fenómeno general. Hay una enorme necesidad de teorías, de abandonar viejos esquemas interpretativos y considerar nuevas maneras de dar cuenta de la realidad. Creo que en general la gente no está contenta con el mundo en el que vive...
–Tal vez muy equivocadamente, por falta de memoria... Porque si se repasa lo que era el mundo hace un tiempo, incluso hace cincuenta años, es fácil ver que vivimos una situación mucho más pacífica que antes, entre otras cosas.
–Yo creo que hemos avanzado mucho más de lo que creemos pero mucho menos de lo que deseamos. Y esa paradoja es la que impulsa el pensamiento.
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miércoles, 21 de octubre de 2009

Fotografías que hay que ver

How Photographers Created Rock And Roll
By Claire O'Neill
Johnny Cash gives the camera "the bird." John Lennon sports a New York City tank top on a high-rise rooftop. Kurt Cobain clutches his hair and weeps backstage. On the album cover of London Calling, Paul Simonon of the Clash famously raises his guitar on stage to smash it. These are the iconic photographs that have created our vision of rock 'n' roll. We know the rockers, but who took the photos?