viernes, 16 de febrero de 2018

Las corruptelas del abuelo de Cervantes [archivos]

Las corruptelas del abuelo de Cervantes en Cuenca, donde fue teniente de corregidor

El licenciado Juan de Cervantes estuvo en Cuenca entre 1523 y 1524 pero dejó huella de su carácter, de sus tropelías y de su forma de administrar justicia

Esta semana en el espacio de Hoy por Hoy Cuenca ‘Así dicen los documentos’ con Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, hablamos de algo que es bastante desconocido. Ni más ni menos que la presencia en Cuenca del licenciado Juan de Cervantes, abuelo paterno de Miguel de Cervantes, el autor del Quijote, y que fue una figura de relieve y, también, con un carácter difícil.

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Las corruptelas del abuelo de Cervantes en Cuenca, donde fue teniente de corregidor

El licenciado Juan de Cervantes estuvo en Cuenca entre 1523 y 1524 pero dejó huella de su carácter, de sus tropelías y de su forma de administrar justicia

Los actores Rulo Pardo y Santiago Moler en la obra 'Rinconete y Cortadillo', sobre una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes, dirigida por Alberto Conejero. / Invierno Cultural de Palencia

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CADENA SER

Cuenca

07/12/2017 - 16:27 h. CET

Esta semana en el espacio de Hoy por Hoy Cuenca ‘Así dicen los documentos’ con Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, hablamos de algo que es bastante desconocido. Ni más ni menos que la presencia en Cuenca del licenciado Juan de Cervantes, abuelo paterno de Miguel de Cervantes, el autor del Quijote, y que fue una figura de relieve y, también, con un carácter difícil.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Sobre Juan de Cervantes, el abuelo del autor del Quijote, se han ocupado algunos autores, siendo uno de ellos Luis Astrana Marín, celebérrimo conquense, fundador de la Sociedad Cervantina, quien junto a otros historiadores dedicaron parte de su obra a publicar los documentos que se conservan en Archivos públicos sobre el licenciado Cervantes. Son, en total, unos 149 documentos de los que no se han conservado cartas y otros escritos suyos.


Por ejemplo, sabemos que debió nacer hacia 1477 pero nada concreto sabemos de sus primeros años ni de su juventud. Probablemente, su matrimonio con Leonor Fernández de Torreblanca tuvo lugar a finales del año 1503 o principios de 1504. De aquel matrimonio nacieron 4 hijos: Juan, Rodrigo (este segundo hijo fue el padre de nuestro más célebre escritor…), María y Andrés.

Juan de Cervantes fue abogado y desde el año 1500 conocemos que tuvo diversos cargos oficiales en Córdoba y que fue abogado del Real Fisco de la Inquisición en aquella ciudad. Luego, según leemos en los autores que han estudiado su figura, entre los años 1509 y 1511 fue teniente de corregidor en Alcalá de Henares, que era un puesto de importancia y prestigio en una ciudad, como mano derecha del Corregidor. Pocos años más tarde vuelve a estar en Córdoba, como Alcalde mayor interino y teniente de corregidor de ella.

Tenemos versiones diferentes del carácter del abuelo de Cervantes porque en unos documentos se le menciona como ‘el virtuoso señor licenciado Juan de Cervantes’ y en otros atisbaremos que los calificativos no le dejan en muy buen lugar, más bien, formando parte de una banda de oficiales que cometían tropelías con los presos y detenidos por la justicia.

Juan de Cervantes en Cuenca

En Cuenca estuvo desde el año 1523 a 1524, pero antes pasó por Toledo, en 1522. Aquí estuvo ejerciendo funciones de teniente de corregidor y de su paso por Cuenca hay testimonios bastante desfavorables para él.

Veamos primero cómo la fama que tuvo en nuestra ciudad tenía precedentes, según los testimonios publicados por Luis Astrana Marín y Rodríguez Marín.

Por un lado, el abuelo del manco de Lepanto fue un hidalgo respetado, que ocupó puestos importantes según hemos dicho y que tuvo una buena posición económica, precisamente por los dineros recibidos por sus funciones, pero la faceta opuesta nos revela un mal carácter que consta en los documentos en los que se refieren acusaciones contra él: denuncias por abuso en su cargo como juez y otras acusaciones por robo y apropiación de bienes de los detenidos, como ropa y muebles. Pero no sólo eso, sino que sus faltas, por supuesto, incluían faltas de respeto, gestos y palabras malsonantes y violentas.

Las acusaciones


Todo esto lo sabemos porque la parte ofendida no callaba, sino que denunciaba. Un ejemplo, que se puede calificar como mala broma, fue cuando un hombre, el licenciado Mariana, cuenta esto: ‘tomó la gorra de encima de la cabeza y me la arrojó por la plaza(…) y me dijo vellaco, villano y otras muchas injurias de que me tengo por injuriado’, todo ello sin motivos aparentes.

A otro le respondió, según el afectado, ‘con mucha furia’ lo siguiente: ‘Yo estaré aquí muchos años aunque os pese, y este tiempo que estuviere yo os malsinaré e yo os cizañaré todo lo que pudiere’. Y, según parece, otras muchas amenazas que vertió.

Y a un regidor de Cuenca le dijo: ‘Dexadle, que yo le haré tales cosas que renuncie a su regimiento’.

Por ejemplo, un tal Miguel Ruiz, que era de Cuenca, acusó al alguacil de Juan de Cervantes de que ‘le tomó una espada dorada que valía dos ducados, e, presso, lo llevó a la cárcel e lo puso tras la red, y el dicho Cervantes fue a la cárcel y mandó que le echasen un cepo a la garganta y una cadena al pie, y lo hizo estar así diez o onze días. Y después que le hizo quitar el cepo, lo ha tenido preso con grillos y cadenas hasta agora por tiempo de cuatro meses y medio, sin hacerle poner demanda ni acusación en todo este tiempo’.

Este es uno de los testimonios que recoge Astrana Marín en su obra y que es sobradamente elocuente de las artes que se gastaba el teniente de corregidor y de las órdenes que daba a los oficiales de justicia que le ayudaban en sus quehaceres.

Su versión

El tal Miguel Ruiz fue a prisión porque acabó con la vida del alguacil mayor de la ciudad y parece ser que el cepo que se le puso fue ‘por su contumacia de no querer responder’ ante el escribano que le tomaba nota de la declaración. Según Juan de Cervantes, si Ruiz fuera castigado como debiera, no fueran muertos a cuchilladas hasta hoy doce o trece alguaciles (…) En ninguna ciudad se han hecho tantos desacatos a la justicia como en ésta’.

Si hacemos caso a los expedientes judiciales que se conservan y a las palabras del licenciado Cervantes, podemos decir que el orden en la calle en Cuenca andaba bastante revuelto.

Tenemos el caso de Diego Cordido, que publicó el historiador Rodríguez Marín, en que este hombre se queja del tormento al que fue sometido por Juan de Cervantes ‘más con ánimo de hacerme daño e de atormentarme mis carnes que no con celo de administrar justicia’. Y así fue que Diego Cordido pidió veinte ducados que perdió por no haber podido trabajar en su oficio, y que Juan de Cervantes fuera castigado criminalmente.

Así, Juan tuvo que pagar los 20 ducados por haber prendido a Diego ‘sin que procediese información y teniéndole preso muchos días y haberle puesto a questión de tormento sin indicios’.

En todos los casos que hubo de acusaciones contra Juan de Cervantes, él siempre contestaba y en los fallos en su contra siempre apelaba. Según escribió otro autor que ha estudiado su figura, Krzysztof Sliwa, no se puede asegurar que no abusara o se beneficiara de los cargos que ejerció en determinadas ocasiones, como vemos reflejado que sucedía con las autoridades descritas por su célebre nieto, Miguel de Cervantes en sus obras. Aunque también es posible que el mal hacer de los alguaciles que tuvo le salpicase en muchas ocasiones.

Otro ejemplo

Uno de los conquenses afectados fue, Diego Cordido, que se querelló criminalmente contra el licenciado Cervantes, y que detalló así el suceso:

‘El dicho licenciado Juan me hizo subir a la cámara del tormento donde acostumbra atormentar los malhechores, y teniéndome allí así me hizo desnudar en carnes y tender en la escalera del tormento, y estando como estaba así puesto en la dicha escalera, yo le dije que ponía sospecha en el dicho licenciado Cervantes y en el alguacil mayor Lope Méndez, y en todos los otros oficiales de la justicia desta ciudad, y juré en forma la dicha sospecha, porque temía ser más agraviado por el dicho licenciado Cervantes por lo que de presente contra mí hacía’.

No obstante, sigue relatando que parece que, sin causa ni razón, el licenciado Cervantes, y estando desnudo el tal Diego Cordido en la escalera de tormento, lo hizo atar y le apretó con la mano muy fuerte los cordeles, y de la otra parte estiraba el alguacil, ‘usando amos a dos contra mí del oficio que usan los verdugos’.

Y continúa contando en ese documento lo siguiente:

‘Y aunque yo estando en el dicho tormento pedí y requerí al dicho licenciado Cervantes que no me despedazasen ni atormentasen ansí porque dijese mentira (…) y que, si alguna cosa dijere por miedo al tormento, que no sería verdad, y que si contra él procedían apretallo más en el tormento, que le harían decir del temor lo que nunca hobiese visto ni oído.

Y no obstante todo lo susodicho, el dicho licenciado Cervantes con su alguacil, más con ánimo de hacerme daño y de atormentarme mis carnes que no con celo de administrar justicia, me apretaron reciamente cada cual de su parte los dichos cordeles, hasta que me los lanzaron bien por la carne, de tal manera, que estuve muy muchos días malo y muy atormentado de mis miembros, que no podía hacer cosa ninguna ni me podía valer de dolor, y me duraron las señas que me hizo más de tres meses’. Este testimonio fue publicado por Luis Astrana Marín, junto con otros documentos cervantinos.

Este tal Cordido estuvo 3 meses en la cárcel de Cuenca y después gastó más de 20 ducados en trabajar y ganar en su oficio y otros 10 en curarse del daño que había recibido. Por consecuencia, requirió al juez que condenara al licenciado Cervantes ‘a las mayores y más graves penas en este reino y que no le acusaba maliciosamente al licenciado Juan, sino por obtener el cumplimiento de justicia’.

Además, y según apuntamos, parece que el licenciado Juan de Cervantes tuvo a una banda de criminales a su servicio que, aprovechando su oficio, y en más de una ocasión, en lugar de ejercer la justicia ocasionaban daños y actos delictivos. El caso es que en casi todos los procesos de residencia se actuaba no sólo contra Cervantes, sino contra los alguaciles que tuvo a sus órdenes.

En el Archivo Municipal de Cuenca se conserva un expediente por el que sabemos que a Juan de Cervantes se le sometió a juicio de residencia, que era un procedimiento judicial para averiguar cómo había ejercido el cargo. Según este documento, Pedro Enríquez, vecino de Cuenca, notificó al Corregidor:

‘Como contra el licenciado Cervantes, teniente que fue de corregidor de esta ciudad, están dados muchos e diversos capítulos e han puesto muchas demandas e se esperan muchas más contra él, como contra los alguaciles, e para esto son pocos días los que restan, que pide e requiere, luego otorguen petición en nombre de ciudad para que Su Majestad mande prorrogar la residencia a lo menos por otros treinta días para que los querellosos de la ciudad e tierra que aún no lo saben vengan a pedir justicia, e habiéndolo así harán lo que son obligados a buenos gobernadores que quieren que se haga justicia a los agraviados. En otra manera protesta de lo notificar a Su Majestad e desagraviar de ello para que lo manden proveer’.

Juan de Cervantes cambió de lugar de trabajo con frecuencia ¿Puede deberse este trasiego a ese carácter arisco y los problemas que derivaban en los lugares donde estuvo? Es probable. En todo caso, es cierto que esa inquietud y andanzas fueron así durante toda su vida, que no recaló en sitio alguno, algo que también sucedió con su hijo, Rodrigo, el padre del gran Miguel de Cervantes, y de este mismo, que no tuvieron residencia fija al uso de la época.


Texto original: http://cadenaser.com/emisora/2017/12/07/ser_cuenca/1512660424_924946.html?ssm=whatsapp

miércoles, 4 de octubre de 2017

José Emilio Pacheco: "Las ruinas de México"

I. Las ruinas de México (Elegía del retorno)

1
Absurda es la materia que se desploma,
la penetrada de vacío, la hueca
No: la materia no se destruye,
la forma que le damos se pulveriza,
nuestras obras se hacen añicos
La tierra gira sostenida en el fuego
Duerme en un polvorín
Trae en su interior una hoguera,
un infierno sólido
que de repente se transforma en abismo
La piedra de lo profundo late en su sima
Al despetrificarse rompe su pacto
con la inmovilidad y se transforma
en el ariete de la muerte
De adentro viene el golpe, la cabalgata sombría,
la estampida de lo invisible, explosión
de lo que suponemos inmóvil
y bulle siempre
Sopla de abajo el viento de la muerte,
el estremecimiento de la muerte
Sale la tierra de sus goznes de muerte
Como secreto humo asciende la muerte
De su profunda jaula escapa la muerte
De lo más negro y hondo brota la muerte
El día se vuelve noche,
el polvo es el sol
y el estruendo lo llena todo
Y de repente lo más firme se quiebra,
se vuelve movedizo el concreto armado,
como hoja de papel se rasga el asfalto
La casa que era defensa contra la noche y el frío,
la violencia de la intemperie,
el desamor, el hambre y la sed
se transforma en cadalso y tumba
Sus habitantes quedan prisioneros,
sepultados en vida por la muerte,
sin otra compañía más que la asfixia
Sube el infierno a repartir la muerte
El Vesubio estalla por dentro
La bomba asciende en vez de caer
Brota el rayo del centro de la tierra
Cosmos es caos pero no lo sabíamos
o no pudimos entenderlo
El planeta al girar desciende
en abismos de fuego helado
¿Gira la tierra o cae? ¿Es la caída
infinita el destino de la materia?
Somos naturaleza y materia y sueño
y por tanto
somos lo que desciende siempre:
polvo en el aire.

2

De aquella parte de la ciudad que por derecho
de nacimiento, crecimiento, odio y amor
puedo llamar la mía (a sabiendas
de que nada es de nadie)
no queda piedra sobre piedra
Esa que allí no ves, que no está
ni volverá a alzarse nunca
fue en otro mundo la casa
donde nací
La avenida que pueblan damnificados
me enseñó a caminar Jugué en el parque
hoy repleto de tiendas de campaña
Terminó mi pasado
Las ruinas se desploman en mi interior
Siempre hay más, siempre hay más
La caída no toca fondo

3

Para talar un árbol de cierta edad
no comiences nunca
por el durísimo tronco:
primero corta las raíces,
el cordón que ata al árbol con la tierra,
madre, sustento y memoria
Para que exista el árbol ha de haber tierra
Para vivir necesitamos memoria,
raíz, cordón (sentimental, material)
es decir, todo aquello
que derribó el inmenso hachazo en segundos

4

A los amigos que no volveré a ver,
a la desconocida que salió a las seis
de la colonia Granjas-Esmeralda o de Neza
para ir a su trabajo de costurera o mesera;
a la que iba a la escuela para aprender
computación o inglés en seis meses,
quiero pedir disculpas por su vida y su muerte
Ruego que me perdonen porque nunca encontraron
su rostro verdadero en el cuerpo de tantos
que ahora se deshacen en la fosa común
y dentro de nosotros siguen muriendo
Muerto que no conozco, mujer desnuda
sin más cara que el yeso funeral,
el sudario de los escombros, la última
cortesía del infinito desplome;
tú, el enterrado en vida; tú, mutilada;
tú que sobreviviste para mirar
primero la caída y poco después
la intolerable asfixia: perdón
No pude darles nada
Mi solidaridad de qué sirve
No aparta escombros, no sostiene las casas
ni las erige de nuevo
No puedo darles nada
Pido, al contrario,
para salir de mis tinieblas, la mano imposible
que ya no existe o ya no puede aferrar
pero se extiende todavía
en un espacio del dolor o un confín de la nada
Perdón por estar aquí contemplando,
en donde estuvo un edificio,
el hueco profundo,
el agujero de mi propia muerte

5

La tierra desconoce la piedad
El incendio del bosque o el suplicio
de un pobre insecto bocarriba que muere
de hambre y de sol durante muchos días
son insignificantes para ella
—como nuestras catástrofes
La tierra desconoce la piedad
Sólo quiere
permanecer transformándose

6

Sólo cuando nos falta se aprecia el aire
Sólo cuando quedamos como el pez atrapados
en la red de la asfixia
No hay agujeros
para volver al mar que fue el oxígeno
en que nos desplazamos y fuimos libres
El doble peso del horror y el terror nos ha puesto
fuera del agua de la vida
Sólo en el confinamiento entendemos
que vivir es tener espacio Hubo un tiempo
feliz en que podíamos movernos,
salir, entrar y ponernos de pie o sentarnos
Ahora todo encogió, cerró
el mundo sus accesos y ventanas
Ahora entendemos lo que significa
una expresión terrible: sepultados en vida

7

Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos
del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte
Ahora que está aquí ya no hay palabras
capaces de expresar qué significan
el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte

8

Secamos toda el agua de la ciudad, destruimos
por usura los campos y los árboles
En vez de tierra a nuestras plantas quedó
un sepulcro de fango árido
y rencoroso, malignamente incapaz
de amparar lo que sostenía
La ciudad ya estaba herida de muerte
El terremoto vino a consumar
cuatro siglos de lentas destrucciones

9

Entre las grandes lozas despedazadas, los muros
hechos añicos, los pilares, los hierros,
de pronto vi intacta, ilesa
la materia más frágil de este mundo:
una tela de araña

10

Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje
Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,
anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—
que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto
a detener la muerte con la sangre
de sus manos y de sus lágrimas;
con la conciencia
de que el otro soy yo, yo soy el otro,
y tu dolor, mi prójimo lejano,
es mi más hondo sufrimiento
Para todos ustedes, acción de gracias perenne
Porque si el mundo no se vino abajo
en su integridad sobre México
fue porque lo asumieron
en sus espaldas ustedes
Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales,
honor del género humano, único orgullo
de lo que sigue en pie sólo por ustedes
Reciba en cambio el odio, también eterno, el ladrón,
el saqueador, el indiferente, el despótico,
el que se preocupó de su oro y no de su gente,
el que cobró por rescatar los cuerpos,
el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros
donde resonarán por siempre los gritos
de quince mil millones de muertos

11

Las fotos más atroces de la catástrofe
no son las de los muertos
Hemos visto ya demasiadas
Este es el siglo de los muertos
Nunca hubo tantos muertos sobre la tierra
¿Qué es un periódico
sino un recuento de muertos
y objetos de consumo para gastar
la vida y el dinero y ocultarnos en ellos
contra la omnipotencia de la muerte?
No: las fotos más atroces de la catástrofe
son esos cuadros en color donde aparecen muñecas
indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,
entre las ruinas que aún oprimen
los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida
de la carne que es como hierba
(ya ya fue cortada)
Invulnerabilidad de los plásticos,
indestructibles sin duda,
pero que en este caso tuvieron hombre
y existencia de alguna forma
Acompañaron, consolaron, representaron la dicha
de aquellas niñas que sin saberlo nacieron
para ver su futuro desplomándose
en el fragor de este fin del mundo

12

Del edificio que destripó en su furia inconsciente
al embestir el toro de la muerte
brotan varillas como raíces deformadas
Sollozan hacia dentro
por no ser vegetales,
capaces de hundirse en tierra y renacer,
a fuerza de paciencia reconstruirse
y levantar lo caído
Raíces inorgánicas esas varillas
que nada más soportan
su irremediable vergüenza
Se dejaron vencer por un doble peso:
la corrupción y la catástrofe
No son nudosidades de árbol caído:
son flechas
que apuntan a la cara de los culpables

13

El lugar de lo que fue casa lo ocupa ahora
un hoyo negro (y representa al país entero)
Al fondo de ese precario abismo yacen
escombros y basura y algo brillante
en la viscosa noche sin piedad que nos cayó encima
Me acerco a ver qué arde amargamente en el fondo
y descubro mi propia calavera

14

Hay terror en la luna que brilla plena entre escombros
Porque la luna es un desierto redondo, un espejo
de lo que nuestra tierra será algún día
Ni árbol ni pájaro
Continentes de arena helada, mares sin agua
Rocas toda mudez, toda ceguera
Sólo silencio
Sólo silencio que por fin ha anulado,
innumerable, el gran clamor de los muertos

15

No he vuelto a ver gorriones,
los ocelados sin ley ni hogar ni futuro
que eran los dueños de la calle, los amos
de los árboles moribundos
y las cornisas en ruinas
No he vuelto a ver gorriones ni palomas
Hoy esta es la ciudad de las moscas azules
Enjambran, tejen, amotinan, deslíen
su recocó zumbante las moscas azules
en su traje de luces que un día también
será bordado en mi taller de tinieblas
Minueto, rumba, vals de circo o marcha guerrera,
vibra la danza de las moscas azules
en esta que es ahora la ciudad de los muertos
Ángeles condenados al subsuelo y hoy al escombro
abejas poderosas: todas son reinas
Qué democracia la de esas moscas azules
Qué poderío el de e las incansables que retan
con el color y el zumbido
Qué saber y gobierno de las moscas azules,
las dueñas y señoras de este valle de México
La dictadura de las moscas azules,
omnipotentes victoriosas, vencedoras soberbias,
la siempre invicta fuerza aérea implacable,
el orgullo más grande y más humilde
entre las huestes de la muerte
Ellas no tienen miedo de la noche de México
Son las nuevas luciérnagas Se adueñan
de las tinieblas y las hienden brillando
Sólo las moscas
reinan entre el estrago y se adueñan de todo
Las flores del desastre, las pregoneras
de los muertos que hay en el aire
La hija de la muerte se va a morir también
Patalea la mosca azul agonizante que expira ahíta
del cadáver en que nació
Ha devorado
todo su capital pero también ha cumplido
con su deber y su ética
Nació para ultimarnos, para limpiar
el mundo de la carroña que finalmente somos
No hay mosca azul para la mosca azul
El triunfo de la muerte beneficia por último
a las dueñas del mundo: las hormigas

16

El niño que se aburre en el jardín avizora
la columna de hormigas Van al trabajo
e intercambian informaciones
Qué gran esfuerzo
llevar a cuestas su brizna o su fragmento de mosca
Qué ordenado parece desde allá arriba
este mundo de hormigas (en su interior
ha de ser como otro cualquiera
y bullir en discordia, tedio, ansiedades,
aguda conciencia
de la mortalidad de todo y todos)
En la visión del niño estas hormigas
semejan partes de un reloj Y él va a romperlo
Como una forma de poder imbatible
el niño aplasta
las casas, las columnas, las galerías
Gran cataclismo para ellas Y a unos centímetros
el mundo sigue igual Crecen las hojas,
el árbol se endurece en su quietud
cae el polvo en la luz, el tiempo gira
—y la ciudad de hormigas ya no existe,
ya sólo es un montón de ruinas dolientes
y diminutos seres que padecen
su agonía entre escombros
El niño, concluida su labor,
se dispone a algún otro juego

17

Esta ciudad no tiene historia,
sólo martirologio
El país del dolor,
la capital del sufrimiento,
el centro deshecho,
el núcleo del desastre interminable
Jamás aprenderemos a vivir
en la epopeya del estrago
Nunca será posible aceptar lo ocurrido,
hacer un pacto con el sismo, decir:
“lo que pasó pasó y es mejor olvidarlo;
pudo haber sido peor, después de todo
no son tantos los muertos”
Pero nadie se traga estás cuentas alegres
Nadie cree en el olvido
Estaremos de luto para siempre
Y los muertos
no morirán mientras tengamos vida.
Fuente: Revista Proceso
Video: https://www.mexicodesconocido.com.mx/las-ruinas-de-mexico-los-poemas-de-jose-emilio-pacheco-sobre-el-sismo-en-mexico-85.html

martes, 13 de junio de 2017

William B. Yeats - aniversario

Foto: The New York Public Library
Poemas tomados de la web Festival de Poesía de Medellín
Recuerdo de juventud

Los momentos pasaban como en el teatro;
tenía la sabiduría que el amor hace nacer;
tenía mi cuota de sentido común,
y a pesar de todo cuanto podría afirmar,
y aunque tenía por eso el elogio de ella,
una nube venida desde el norte despiadado
ocultó de repente la luna del Amor.
Creyendo cada palabra que decía,
yo alabé su espíritu y su cuerpo
hasta que el orgullo hizo brillar sus ojos
y sonrojó sus mejillas el placer
y volvió ligeros sus pasos la vanidad;
nosotros, sin embargo, a pesar de esos elogios,
en lo alto veíamos tan sólo oscuridad.
Nos sentamos silenciosos como piedras,
sabíamos, aunque ella no hubiera dicho una palabra,
que aún el mejor amor debe morir,
y se habría destruido en forma cruel
de no ser porque el Amor,
ante el grito de un grotesco pajarillo,
arrancó de las nubes su luna maravillosa.
Traducción de Gerardo Gambolini


La muerte

Ni miedo ni esperanza
acompañan al animal que muere;
el hombre aguarda su final
temiendo y esperando todo;
muchas veces murió,
muchas se levantó de nuevo.
Un gran hombre con su orgullo
al enfrentar asesinos
hunde en el escarnio
la cesación del aliento.
Él conoce la muerte a fondo —
el hombre creó la muerte.
Traducción de Gerardo Gambolini

Aedh desea las vestiduras del cielo

Si tuviera las vestiduras bordadas del cielo,
entretejidas de luz dorada y color plata,
las azules, las opacas, las oscuras
vestiduras de la noche y la luz y la penumbra,
tendería a tus pies las vestiduras:
pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños;
he tendido mis sueños a tus pies;
pisa suavemente, pues caminas sobre mis sueños.
Traducción de Gerardo Gambolini

El triunfo de ella

Hice lo que el dragón quiso hasta que apareciste.
Porque creía que el amor era una fortuita
improvisación, o un juego establecido
que dura mientras dura la caída de un pañuelo.
Lo mejor de todo eran las alas que tenía un minuto
y si luego había ingenio es que hablaban los ángeles;
entonces surgiste entre los anillos del dragón.
Me burlé, ofuscada, pero tú lo venciste,
rompiste la cadena y liberaste mis tobillos
como un Perseo pagano o un San Jorge;
y ahora vemos atónitos el mar
y un ave milagrosa grazna mientras nos mira.
Traducción de Pedro Serrano

La máscara

“Quítate esa máscara de oro en llamas
con ojos de esmeralda”.
“Oh, no, querido, te atreves tanto
para ver si es sabio o salvaje el corazón
Y no es frío sin embargo”.
“Solo quiero encontrar lo que allí hay,
Si el amor o el engaño”.
“Fue la máscara lo que ocupó tu mente
Y puso a latir tu corazón después,
no lo que hay tras ella”.
“Pero a menos que seas mi enemiga,
yo debo indagar”.

“Oh, no, querido, olvida todo eso.
¿Qué importa que haya solo fuego
en ti, en mí?”
Traducción de Nicolás Suescún

Libélula

Para que no se hunda la civilización
y pierda su gran batalla,
calla al perro y ata el caballo
de una estaca bien lejos:
nuestro señor el César está en su tienda
ante los mapas desplegados,
sus ojos fijos en la nada,
su cabeza apoyada en la mano.
Como una libélula en el río,
Su mente se mueve en el silencio.
Para que las torres sin cúspide ardan
y los hombres recuerden tu rostro,
muévete suavemente, si has de moverte
en este paraje solitario.
Piensa, mujer en una parte, niña en tres,
que nadie observa. Con sus pies
practica un rastreado chapucero
que aprendió en la calle.
Como una libélula en el río,
Su mente se mueve en el silencio.
Para que las púberes encuentren
al primer Adán con que soñaron,
cierra la puerta de la capilla del papa
y no dejes entrar a los niños.
En ese andamio se inclina Miguel Ángel.
Haciendo menos ruido que un ratón
Su mano se mueve de aquí para allá.
Como una libélula en el río,
Su mente se mueve en el silencio.





Traducción de Nicolás Suescún